Quería pasar el brazo por sus hombros y decir: «Sí, es brillante, y es mía».
— El sake de esta noche es especial —comentó Tanaka—. Proviene de la prefectura de Niigata. Se dice que aclara la mente y une los espíritus.
— Es delicioso —dijo Alexander—. Muy suave.
— Señora Lucía —intervino Kenji, el hijo, inclinándose un poco hacia ella—, mi padre me dijo que usted tiene una conexión especial con los caballos. ¿Es cierto?
Lucía se iluminó.
— Oh, sí. Son mi pasión.
— Kenji es un apasionado de la equitación —explicó Tanaka con orgullo—. Aunque yo preferiría que se dedicara más a la robótica y menos al polo.
— El polo es un deporte noble —defendió Alexander, entrando en la conversación para marcar territorio—. Requiere estrategia.
— Y mucha conexión con el animal —añadió Lucía—. Si no confías en tu caballo, no puedes golpear la bola.
La conversación fluyó entre risas y anécdotas. Alexander se relajó un poco, disfrutando de ver a Lucía reír. Se veía radiante bajo la luz tenue del restaurante.
Cuando finalizaron la cena y los postres de té matcha fueron retirados, Kenji se puso de pie y se acercó a donde estaba Lucía.
— Señora De la Vega... disculpe el atrevimiento. ¿Podría robarle un minuto? Me gustaría mostrarle algo y pedirle su opinión experta. Sería en privado, si no le molesta. Tengo las imágenes en mi tablet, en la otra sala.
La mesa se quedó en silencio.
Alexander se tensó. Su mano se cerró alrededor de la servilleta.
«Di que no», pensó. Era inapropiado. Kenji era joven, guapo y la estaba mirando con demasiada admiración.
Lucía miró a Alexander un segundo. Vio la tensión en su mandíbula. Luego miró a Kenji, que parecía genuinamente entusiasmado.
— Claro —dijo ella, para sorpresa y horror de Alexander—. Me encantaría.
Lucía se levantó y acompañó a Kenji al extremo opuesto de la sala privada, donde había unos sillones bajos. Se sentaron allí, un poco apartados del grupo principal, aunque todavía a la vista.
Alexander no les quitaba la vista de encima. Intentaba mantener la conversación con Tanaka sobre aranceles de importación, pero sus oídos estaban sintonizados con el otro lado de la habitación.
Veía a Kenji mostrándole la pantalla de su celular o tablet. Veía a Lucía acercarse para ver mejor, asintiendo, señalando algo en la pantalla con el dedo. Veía a Kenji reír y asentir con vigor.
Estaban en su propio mundo.
Alexander sintió que el sake se le agriaba en el estómago. ¿Qué le estaba mostrando? ¿Fotos de sus viajes? ¿Le estaba pidiendo su número? La desconfianza, su vieja amiga, volvió a visitarlo.
Pasaron diez minutos que parecieron diez horas. Finalmente, Lucía se puso de pie y estrechó la mano de Kenji. Volvió a la mesa con una sonrisa satisfecha.
— Todo listo —dijo ella.
— Debemos irnos —anunció Alexander abruptamente, poniéndose de pie. Ya no aguantaba más—. Mañana es un día largo.
Las despedidas fueron efusivas. Tanaka acompañó a la pareja hasta la salida.

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