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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 147

CAPÍTULO 86

— Alexander... —rompió el silencio ella, girándose para mirarlo—. ¿Se puede saber por qué estamos yendo a tu casa?

Alexander, que estaba apoyado contra la pared de metal pulido con las manos en los bolsillos, la miró con una expresión relajada que rara vez mostraba en público.

— Cuando salimos del restaurante, me di cuenta de algo —confesó él—. Hace mucho que no estoy acá. Extraño este lugar. Es mi refugio, Lucía. Y tú no lo conoces. Me pareció... incorrecto que mi esposa no conozca donde he vivido los últimos diez años.

— ¿Y tenía que ser ahora, a medianoche?

— En la noche es el mejor momento para recorrer una casa —respondió él, con un brillo enigmático en los ojos—. Sin ruidos, sin servicio, sin interrupciones. Además, la vista es mejor.

El ascensor se detuvo con un timbre suave. Las puertas se abrieron directamente al interior del ático.

Ni bien entraron, Alexander tocó un panel táctil en la pared.

— Hágase la luz —murmuró.

Una secuencia de luces cálidas y estratégicas se encendió gradualmente, revelando un espacio que dejó a Lucía sin aliento.

— Wow —susurró Lucía, caminando hacia el cristal como atraída por un imán—. Tiene una vista increíble de la ciudad.

Desde esa altura, la ciudad parecía un tapiz de joyas eléctricas. Las luces de los coches eran ríos rojos y blancos, y los rascacielos vecinos parecían gigantes silenciosos. Se sentía poderosa, pero también infinitamente pequeña.

Alexander se quitó el saco y lo dejó sobre el respaldo de un sofá. Se aflojó la corbata, dejándola colgar suelta alrededor de su cuello desabotonado. Se sentía bien estar en casa, pero se sentía aún mejor ver a Lucía allí, llenando con su presencia el vacío que siempre había caracterizado ese lugar.

— ¿Quieres tomar algo, Lucía? —le ofreció, caminando hacia la cocina de concepto abierto—. Tengo un vino que podría gustarte dentro de mi colección.

Lucía se giró un momento, apartando la vista del paisaje urbano.

— Está bien. Una copa más no hará daño.

Alexander abrió la vinoteca climatizada. Tenía unas botellas de Sauvignon Blanc neozelandés que sabía que irían bien. Descorchó una y sirvió el líquido dorado en dos copas de cristal fino.

Tomó las copas y caminó hacia ella. Lucía ya había salido al balcón terraza, deslizando la puerta de vidrio.

El aire de la noche a esa altura era considerablemente más frío y ventoso que a nivel de calle. Lucía estaba apoyada en la barandilla de cristal, abrazándose a sí misma, frotándose los brazos.

Alexander se detuvo un momento a observarla. La luz de la ciudad se reflejaba en su piel pálida y en el brillo de sus ojos. Se veía etérea, casi irreal.

— Alexander... tengo que preguntarte algo. Algo que nunca nos hemos dicho de verdad.

— Dime.

— ¿Por qué me pediste a mí que me case contigo esa noche? —La pregunta salió en un susurro, pero pesaba toneladas—. Había millones de mujeres en la ciudad. ¿Qué tan desesperada me viste esa noche bajo la lluvia? ¿Qué tan patética parecía?

Alexander suspiró, mirando el vino en su copa.

— La verdad... sí —respondió él, girándose para enfrentarla—. Te veías desesperada, Lucía. Destrozada. Estabas sentada en el bordillo con un vestido de novia empapado, llorando como si el mundo se hubiera terminado.

Lucía bajó la vista, avergonzada por el recuerdo.

— Pero —continuó Alexander, dando un paso más cerca—, yo también estaba desesperado. Quizás más que tú.

— ¿Tú?

— Sí. Sabes lo de la herencia. Sabía de la cláusula de matrimonio impuesta por mi abuelo desde hacía dos años. Él quería que sentara cabeza. Pero pensé que iba a ser un capricho pasajero, que se le iba a pasar o que podría negociarlo. Pero no fue así. Los abogados fueron claros: o me casaba antes de la fecha estipulada, o Rodrigo se quedaba con el control.

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