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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 148

Alexander miró hacia el horizonte, recordando su propia angustia.

— Y tenía un as bajo la manga. O eso creía. Se lo iba a proponer a una gran amiga. Crecimos juntos, nos conocíamos los secretos. Estaba seguro de que no me rechazaría, que entendería que era un negocio entre amigos.

— Pero lo hizo —dijo Lucía, atando cabos.

— Sí, lo hizo. —Alexander sonrió con tristeza—. Me dijo que no podía casarse conmigo sin amor. Que merecía algo real. Me dejó plantado con mi propuesta de negocios semanas antes de la fecha límite.

Alexander volvió su mirada a Lucía.

— Esa noche, llegué a la iglesia para hablar con el sacerdote... buscaba un milagro. Estaba furioso, asustado de perder el legado de mi familia. Y ahí estabas tú. Faltaban horas para que se venciera la cláusula de mi abuelo. Te vi y pensé: "Ella necesita un salvavidas tanto como yo". Fue un instinto, Lucía. Supervivencia pura.

— Y luego... —Lucía lo incitó a seguir.

—Y luego, bueno, ya sabes la historia. Nos casamos. Firmamos. Mi abuelo sufrió el derrame y entró en coma. —Alexander bajó la mirada, un poco avergonzado por lo que iba a admitir—. Cuando él quedó inconsciente, la presión desapareció. Ya estaba casado legalmente, la empresa era mía. Y... me olvidé de que existías.

La confesión dolió, aunque Lucía ya la sabía. Escucharla de su boca era diferente.

— Me convertí en un trámite archivado —dijo ella sin rencor.

— Sí. Me dediqué a trabajar, a expandir el negocio, a viajar. Asumí que tú estabas feliz con tu dinero y tu carrera. Nunca me detuve a pensar si estabas sola, o si necesitabas algo más que una transferencia bancaria.

—Pero tú seguiste con tu vida también — comentó rápidamente Alexander, aunque sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo con "seguir con su vida". Sabía que ella no había tenido a nadie, mientras él había tenido a muchas.

Lucía se ajustó el saco de él sobre los hombros.

— Debo admitir que te usé de excusa, Alexander.

— ¿De excusa?

— Sí. Cuando algún hombre se acercaba, cuando Luis intentaba algo más que amistad... yo levantaba mi mano izquierda y les mostraba el anillo. Decía: "Estoy casada". "Mi esposo es muy celoso". "Mi esposo viaja, pero volverá". Eras mi escudo perfecto para no tener que arriesgar el corazón de nuevo.

Lucía no retrocedió. No lo quería lejos. Sentía el calor que emanaba de él, la atracción gravitatoria que siempre había estado ahí, latente bajo el contrato y los malentendidos.

— Lucía... —murmuró él, levantando una mano para acariciar la solapa de su propio saco, que ahora la vestía a ella—. Ahora estoy seguro de que podemos ser un gran equipo. No solo en la empresa. Estaba ciego antes, pero ahora te veo.

— ¿En serio lo piensas? —preguntó ella, buscando la verdad en sus ojos grises.

— Lo pienso. Y pienso que hemos perdido diez años. No quiero perder ni una noche más durmiendo en un sofá.

Y no hubo respuesta verbal. No hacía falta.

Lucía levantó el rostro ligeramente, una invitación silenciosa.

Alexander no lo dudó. Inclinó la cabeza y la volvió a besar.

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