Capítulo 157
CAPÍTULO 93
- No hemos llegado a ningún acuerdo con respecto a la empresa de camiones de Zambrano, Alexander -sentenció Lucía, cerrando la carpeta con un golpe seco que resonó en la oficina-. Los números de la reestructuración que propones son demasiado agresivos. Quieres reducir la plantilla en un 15% para optimizar costos, y yo te dije que mi palabra con Don Javier fue mantener a todos los empleados.
Alexander, que estaba de pie frente a la pizarra magnética donde había trazado un plan de viabilidad, se pasó una mano por el cabello, frustrado.
- Lucía, es insostenible. Tienen tres mecánicos para cinco camiones. Es redundancia. No puedes salvarlos a todos si quieres que la empresa sobreviva el primer año fiscal.
- Encontraremos otra forma. Reasignaremos tareas. Pero no voy a despedir a gente que lleva treinta años en esa flota solo para que tu planilla se vea bonita en verde.
En ese momento, el teléfono de Lucía vibró sobre el escritorio. No fue una llamada, sino una sucesión rápida de mensajes.
- Dios mío... -susurró, poniéndose de pie de inmediato y tomando su bolso sin siquiera apagar la computadora.
Alexander notó el cambio al instante. Su instinto protector se activó antes que su curiosidad.
- ¿Qué pasa? -preguntó, acercándose-. ¿Es la clínica? ¿Pasó algo con algún animal?
- No -dijo Lucía, con la voz temblorosa, caminando rápido hacia la puerta-. Me acaba de llegar un mensaje de la Madre Superiora. Una asistente social del juzgado de menores está de camino al orfanato. Ahora mísmo.
- ¿Una inspección sorpresa? -Alexander frunció el ceño-. Pensé que Larrea tenía controlados los tiempos.
- Se supone que sí, pero el sistema es impredecible. Van a ver a Mateo y Sofía. Quieren evaluar su entorno, hablar con ellos... verificar si son candidatos aptos para la adopción monoparental que solicité.
Lucía abrió la puerta del despacho, pálida.
- Voy para allá. No pueden estar solos. Mateo se pone nervioso con los extraños y Sofía no habla si yo no estoy. Si la asistente social ve miedo, lo interpretará como inestabilidad.
- Voy contigo -dijo Alexander de inmediato, tomando su saco del respaldo de la silla y siguiéndola al pasillo.
Lucía se detuvo en seco frente al ascensor y se giró hacia él, poniendo una mano en su pecho para frenarlo.
- ¿Conmigo? -preguntó, mirándolo con incredulidad-. ¿Para qué, Alexander?
- ¿Cómo que para qué? Para apoyarte. Para hablar con esa mujer si es necesario.
Lucía negó con la cabeza, retirando la mano.
- No. Quédate aquí. Tenemos una reunión con los inversores de Hong Kong en veinte minutos y el tema de Zambrano sigue en el aire. Quédate trabajando. Yo puedo irme con Martínez o en taxi.
El ascensor llegó y Lucía entró. Alexander, ignorando su negativa, metió el pie para impedir que las puertas se cerraran y entró tras ella.
- No voy a dejarte ir sola a enfrentar a una burócrata del gobierno que tiene el poder de quitarte a los niños -dijo él, presionando el botón del estacionamiento-. Ylos inversores pueden esperar. O que hablen con Rodrigo.
- Alexander, por favor -suplicó Lucía mientras la cabina descendía-. No entiendes.
- ¿Qué no entiendo? Soy tu esposo.
Esa frase, lanzada como un escudo y una espada, hizo que Lucía soltara una risa amarga y breve.
- Soy tu esposo -repitió ella, mirándolo a los ojos -. Sí, lo eres. Pero decidiste no ser parte de esto.
Alexander se tensó. Sabía a qué se refería.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.