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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 167

Capítulo 167

CAPÍTULO 101

Alexander y Lucía llegaron a la mansión juntos.

- Fanny dijo que estaban cenando en su habitación-comentó Alexander, dejando las llaves del coche en la consola de entrada-.

Probablemente el abuelo está cansado después de su escapada al colegio de ayer.

Lucía se quitó los zapatos de tacón, suspirando de alivio al sentir el mármol frío bajo sus pies cansados.

- Deberíamos pasara saludarlos -sugirió ella-.

No quiero que piensen que los estamos evitando.

Además... creo que es el momento de decirles lo del fin de semana.

Alexander la miró y asintió, aunque una sombra de duda cruzó su rostro.

- Vamos. Pero prepárate. Augusto tiene un radar para detectar secretos.

Augusto y Matilde estaban sentados en una mesa redonda pequeña junto a la ventana, disfrutando de una cena ligera. La escena era de una intimidad conmovedora: dos ancianos que habían construido un imperio y que ahora compartían una sopa en la tranquilidad de su refugio.

Al verlos entrar, Augusto dejó la cuchara y se limpió la comisura de los labios con una servilleta de lino.

- Buenas noches, abuelo. Abuela -saludó Alexander, entrando.

- Al fin aparecen mis nietos -rezongó Augusto, aunque sus ojos brillaron con satisfacción-. Si uno no los manda a llamar, no se aparecen. ¿Es que ahora hay que pedir audiencia con la Presidenta y su consorte?

Lucía sonrió, acercándose para besar la mejilla de Matilde y luego la de Augusto.

- Perdón, abuelo. Hemos estado muy ocupados.

La fusión con la naviera, los contratos de FutureTech... el trabajo nos ha consumido el día.

- Bla, bla, bla -desestimó Augusto con un gesto de mano-. El trabajo siempre está ahí. La familia es la que espera. Siéntense. ¿Ya cenaron?

- Sí, comimos algo en el camino -mintió Alexander para no dar explicaciones sobre sus horarios erráticos.

Se sentaron en dos butacas frente a los abuelos.

- Te ves feliz, hija -comentó Matilde-. Cansada, pero feliz. ¿Hay alguna novedad que debamos saber?

Lucía miró a Alexander. Él le devolvió una mirada de apoyo, asintiendo imperceptiblemente.

- De hecho, sí-dijo Lucía, entrelazando sus manos-. Estamos terminando los papeles de adopción.

La palabra quedó flotando en el aire, cargada de significado.

Matilde sonrió. Ella ya sabía algo por encima gracias a sus comunicaciones constantes y discretas con la Madre Superiora, pero esperó a que Lucía lo contara. Augusto, en cambio, se enderezó en su silla, dejando de lado su actitud gruñona.

- ¿Adopción? -repitió el patriarca-. ¿Te refieres a esos niños? ¿Los del orfanato?

- Sí, señor. Mateo y Sofía -respondió Lucía con firmeza-. La asistente social aprobó el régimen de vinculación. A partir de este viernes, vendrán a quedarse los fines de semana. Y si todo sale bien... serán mis hijos legalmente en unos meses.

-Eso me interesa mucho -dijo Augusto, señalando las sillas-. A ver, acérquense más y cuéntenme todo. Quiero detalles.

Aquí fue donde Alexander tomó la palabra, interviniendo antes de que Lucía tuviera que explicar la incomodidad de los apellidos.

- El proceso legal está avanzado, abuelo-explicó Alexander con su tono de negocios, pero con una suavidad inusual-. Hemos contratado a Larrea para blindar el proceso. Queremos asegurarnos de que el Estado no ponga trabas. Los niños necesitan estabilidad y nosotros... nosotros estamos organizando todo para dársela.

Lucía lo miró, sorprendida y conmovida. Alexander hablaba en plural. "Nosotros estamos organizando". "Queremos asegurarnos". En ningún momento le dijo a su abuelo que la adopción era solo de Lucía, ni mencionó su negativa a dar el apellido. Omitió esa información deliberadamente, presentando un frente unido ante el patriarca.

Ese pequeño gesto, esa mentira piadosa por omisión, le dio a Lucía un poquito más de esperanzas.

- Me parece excelente -dijo Augusto, asintiendo -. Esos niños necesitan un apellido fuerte. Y necesitan disciplina y cariño.

Lucía vio la expresión de agobio de Alexander.

Sabía que él necesitaba sentir que tenía algo de control, que su espacio personal no estaba siendo invadido por completo por la familia extendida. Y también sabía que Mateo y Sofía se sentirían aterrorizados si los mandaban a dormir a una habitación lejana en un pasillo oscuro de esa casa inmensa.

- Tengo una idea -dijo Lucía de repente, improvisando una solución de emergencia.

Todos la miraron.

- Si se vana quedar aquí... -Lucía se giró hacia Alexander, buscando su complicidad con la mirada -.¿Y si les colocamos camas en nuestro cuarto?

Alexander abrió los ojos desmesuradamente.

- ¿En nuestro cuarto? -repitió, incrédulo -Si-continuó ella rápidamente-. La habitación es gigante, Alexander. Tiene la sala de estar anexa donde está el sofá... ese sofá que tanto odias.

Podríamos sacar los muebles de la sala y poner dos camas pequeñas ahí. Al menos al principio.

- Es una idea sensata -aprobó Matilde-. Los niños extrañarán su ambiente. Estar cerca de ti, Lucía, los hará sentir seguros por las noches.

Augusto asintió.

- Muy bien. Decidido. Mañana mismo mandaré a organizar el espacio para esos niños.

Alexander miró a su abuelo, luego a su abuela, y finalmente a su esposa. Apenas estaba empezando a recuperar la intimidad con Lucía, iba a convertirse en una guardería. Iba a tener a dos niños durmiendo a metros de su cama. Adiós a la privacidad. Adiós al silencio. Adiós a las noches de pasión espontánea en la alfombra.

- Si no tenemos otra opción... -dijo Alexander, resignado, soltando un suspiro largo.

Lucía y Alexander se despidieron y salieron de la habitación de los abuelos.

Al entrar en su habitación, Alexander se detuvo y miró alrededor. Miró la cama king size. Miró la sala de estar anexa, con sus sofás de diseño y su tranquilidad elegante.

En cuarenta y ocho horas, ese espacio estaría lleno de juguetes, risas, llantos nocturnos y caos.

- Vamos a dormir -dijo él–. Necesito descansar antes de que mi habitación se convierta en un parque infantil.

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