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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 168

Capítulo 168

CAPÍTULO 102

- Es... acogedor-dijo Alexander, tratando de convencerse a sí mismo mientras se ajustaba el rełoj, observando cómo su habitación de toda la vida se convertía en una guardería de lujo.

- ¿Crees que les guste? -preguntó ella, mordiéndose el labio-. ¿No es demasiado...?

Intenté que se viera hogareño, pero los techos son tan altos... Me da miedo que se sientan pequeños aquí.

- Les va a gustar, Lucía. Tienen camas nuevas, juguetes y, lo más importante, están contigo. Eso es lo único que les importa. -Alexander se acercó y le puso las manos en los hombros para detener su frenesí-. Respira. Te vas a desmayar antes de Ilegar al orfanato.

Lucía soltó el aire y se apoyó un momento en el pecho de él, buscando estabilidad.

- Estoy muy nerviosa, Alexander. Es la primera vez que vienen a casa. Oficialmente. No por una emergencia médica, no por un accidente, sino porque... porque vamos a ser una familia. O algo parecido a eso.

- Vamos -dijo él, tomando las llaves del coche de la consola-. Se hace tarde. Y no querrás hacer esperar a tus pequeños tiranos.

Bajaron al garaje. Alexander decidió llevar la camioneta SUV negra.

- Hoy no estuviste presente mentalmente en ninguna de las reuniones del día, Lucía-comentó él, con un tono observador, no de reproche, mientras giraba el volante con una mano-. En la revisión de presupuestos con marketing, asentías, pero tus ojos estaban en otra parte.

Lucía se sonrojó, mirando por la ventana.

- Perdón, Alexander. Lo sé. Mi cuerpo estaba en la sala de juntas, firmando papeles, pero mi cabeza solo podía pensar en que hoy es viernes. El día.

- No te disculpes. A veces, tu distracción es una buena estrategia de negociación.

Alexander condujo con suavidad, sorteando un autobús.

- Tengo curiosidad -dijo él, aprovechando el tiempo a solas-. Conoces a esos niños... ¿hace cuánto tiempo? Sé que los quieres mucho, pero la intensidad de tu vínculo parece de toda la vida.

- Desde que tenían seis meses de edad - respondió Lucía, y su voz se suavizó al recordarlo, perdiendo el tono ejecutivo- -¿Seis meses? -Alexander frunció el ceño, calculando-. Tan chiquitos los abandonaron.

- Sí. Los dejaron en la puerta de un hospital público en pleno invierno. Nadie sabe nada de sus padres. No hay registros, no hay apellidos.

Llegaron al Hogar Santa María siendo dos bebés muy desnutridos.

Lucía sonrió con nostalgia, mirando hacia el pasado.

- Mi cariño hacia ellos fue inmediato. Eran mis bebés. Yo les daba el biberón por las noches cuando lloraban, yo les cambiaba los pañales, yo les enseñé a dar los primeros pasos cuando las monjas estaban ocupadas con los otros veinte niños.

Alexander la escuchaba fascinado. Empezaba a entender por qué ella decía que eran suyos. No era un capricho de caridad; ella los había criado.

Había sido su madre en la sombra durante cinco años.

- ¿Eran muy diferentes de bebés? -preguntó él, imaginando a dos versiones miniatura de los niños que conocía.

Lucía soltó una carcajada cristalina.

- ¡No sabes! Eran idénticos. Completamente iguales. Tenían el mismo remolino en el pelo, la misma nariz de botón, el mismo llanto. Recién después del año fue más fácil identificarlos sin sacarles el pañal.

- No te lo creo -se rió Alexander, mirándola de reojo-. ¿La Presidenta eficiente de VegaCorp confundiendo bebés? Eso arruinaría tu reputación de infalible.

- Era un caos hermoso, Alexander. Y ahora...

ahora van a dormir bajo nuestro techo.

Llegaron al orfanato.

En la entrada del edificio, sentados en los escalones de piedra junto a una de las hermanas jóvenes, estaban Mateo y Sofía. Tenían dos pequeñas mochilas a sus espaldas.

Al ver la camioneta negra acercarse, se pusieron de pie de un salto. Lucía bajó del coche antes de que Alexander terminara de poner el freno de mano.

LSe dirigieron al coche. Alexander abrió la puerta trasera para que subieran.

Los niños treparon a los asientos de cuero, maravillados por el espacio y el olor a nuevo.

Tocaban los botones de las ventanas y miraban las pantallas en los respaldos. Lucía se inclinó para ayudar a abrocharles los cinturones de seguridad, asegurándose de que estuvieran bien sujetos.

Cuando Lucía iba a cerrar la puerta para irse al asiento del copiloto junto a Alexander, la voz pequeña de Sofía la detuvo.

- Lucía... -dijo la niña, estirando la mano-. ¿No te vas a sentar aquí con nosotros?

Lucía miró a Alexander, pidiéndole disculpas con la mirada por dejarlo solo al volante.

Alexander entendió al instante. No había lugar para el ego de esposo en ese momento. Él era el facilitador, no el protagonista.

- Ve -le dijo él, haciéndole un gesto con la cabeza hacia el asiento trasero-. Ellos te necesitan ahí. Siéntate con ellos.

- Gracias -susurró ella.

Lucía se subió en el asiento del medio, entre los dos niños. Sofía se recostó inmediatamente sobre su hombro y Mateo le agarró la mano.

Alexander cerró la puerta, rodeó el coche y se subió al asiento del conductor.

Ajustó el espejo retrovisor y, por un segundo, sus ojos se cruzaron con los de Lucía en el reflejo. Ella le sonrió agradecida.

- Bienvenidos -dijo Alexander, arrancando el motor y hablando a través del espejo-. Aquí su chofer Alexander los llevará a su destino. El servicio incluye música a elección y aire acondicionado.

Cuando la camioneta cruzó las rejas de la mansión y empezó a subir por el camino arbolado, el silencio se hizo en el asiento trasero. La magnitud de la propiedad era abrumadora.

- ¿Dónde dormiremos? -preguntó Sofía, mirando la fachada iluminada que parecía un palacio de cuento de hadas.

- Ya les enseñaremos su cuarto especial - prometió Lucía-. Pero antes... hay unas personas ansiosas por conocerlos.

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