Capítulo 170
CAPÍTULO 104
Finalmente, no lograron ver ninguna estrella con claridad.
- Creo que necesitamos un curso-admitió Lucía, rindiéndose y frotándose los brazos por el frío que traspasaba su suéter-. O quizás unas coordenadas más precisas. Lo volveremos a intentar mañana, con más luz para entender los controles.
Mateo bostezó, un sonido largo, sonoro y contagioso que hizo que Sofía se frotara los ojos con los puños cerrados, luchando contra el sueño.
- Tengo sueño -dijo el niño, bajándose del taburete con desgana-. Las estrellas se fueron a dormir también. No quieren que las veamos hoy.
-Sí-coincidió Alexander, guardando el celular en el bolsillo, secretamente aliviado de no tener que seguir luchando con la tecnología frente a su audiencia crítica. Su orgullo estaba ligeramente magullado, pero su deseo de entrar al calor era mayor-. Mañana lo intentaremos de nuevo.
Prometo que estudiaré cómo funciona y mañana veremos los cráteres de la Luna. Es una promesa.
- ¿De verdad? -preguntó Sofía con voz soñolienta, arrastrando las palabras.
- De verdad -aseguró él, acariciando torpemente la cabeza de la niña.
Entraron a la habitación, dejando atrás el aire helado de la noche. Era hora de dormir.
Lucía asumió el mando de la logística nocturna.
Ayudó a los niños a ponerse los pijamas - dinosaurios para él, nubes para ella- y los guió al baño para lavarse los dientes. Alexander se quedó recogiendo la ropa esparcida, escuchando las risas y el sonido del agua, sintiéndose un extraño en su propia habitación, pero extrañamente en paz con ello.
- A la cama, mis amores -dijo Lucía, guiándolos de vuelta a sus respectivas camas nuevas.
Se acostaron. Lucía se puso en medio de las dos camas, sentándose en la alfombra mullida, para desearles buenas noches. Les acomodó las mantas hasta la barbilla, les dio un beso sonoro en la frente a cada uno y les susurró que estaba orgullosa de ellos, de lo valientes que habían sido en sus primeras horas en la casa grande.
Alexander se quedó en el umbral que separaba la sala anexa de la habitación principal, observando la escena con las manos en los bolsillos. Había una intimidad sagrada en ese ritual. No quería interrumpir, pero quería ser parte.
- Buenas noches, niños -dijo él desde la puerta, con voz suave.
Hubo un segundo de silencio.
- Buenas noches, Alexander -murmuró Mateo, ya medio dormido, con los ojos cerrados. No hubo "marciano", ni "señor". Solo su nombre. Alexander sintió un calor inesperado en el pecho ante esa pequeña victoria.
Lucía apagó la luz de la sala anexa, dejando la puerta comunicante entreabierta por si acaso, tal como habían acordado previamente para que los niños no se sintieran aislados.
Caminó hacia la habitación principal, donde la inmensa cama king size los esperaba.
Alexander ya estaba allí, sentado en el borde, quitándose los zapatos con un suspiro de cansancio.
Ambos estaban agotados. El día había sido una montaña rusa emocional y logística.
- Lo hiciste bien hoy -le susurró Lucía, metiéndose bajo las sábanas.
Alexander se acomodó en su almohada, sintiendo el cuerpo de Lucía cerca, irradiando calor. Cerró los ojos, listo para disfrutar de un sueño reparador en su propia cama, sin sofás incómodos, sin viajes al ático, sin soledad. Por fin, paz.
Su respiración comenzó a acompasarse con la de ella. El mundo de los negocios, de Rodrigo y de Elisa, quedaba muy lejos.
Empezaba a quedarse dormido, en ese estado dulce donde la conciencia se desvanece, cuando escuchó un ruido.
Un pater-pater suave sobre la alfombra.
Luego un susurro indescifrable.
Y luego, un movimiento en la cama, como si el colchón se hundiera bajo un peso nuevo.
Abrió un ojo, confundido.
- ¿Lucía?-preguntó, pensando que ella se había levantado para ir al baño.
-Shh...-susurró ella a su lado, tensa.
De repente, la cama se sintió mucho más pequeña.
Alexander encendió la lámpara de su mesita de noche, cegándolos a todos momentáneamente con la luz dorada.
Parpadeó para enfocar.

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