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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 171

Capítulo 171

CAPÍTULO 105

Benicio y Thiago, habitualmente confinados a sus habitaciones con videojuegos habían bajado a desayunar antes que nadie.

Cuando Lucía y Alexander bajaron al comedor se encontraron con los cuatro niños sentados alrededor de la mesa auxiliar del desayuno. Mateo, gesticulaba con entusiasmo mientras le contaba a Thiago sobre el partido de fútbol donde se había lesionado. Sofía, por su parte, estaba siendo interrogada amablemente por Benicio sobre si sabía jugar a las escondidas en modo espía.

-¡Buenos días! -saludó Lucía, con el corazón hinchado al ver la integración instantánea.

-¡Lucía! -Sofía se giró, con la boca manchada de mermelada-. Thiago dice que tienen una sala de cine de verdad. ¿Podemos ir?

- No la conozco cariño, después del desayuno, quizás podemos ir a verla -respondió Lucía, besando la cabeza de la niña.

Alexander se acercó a la cafetera y mientras se servía café, escuchó la conversación que Thiago mantenía con Mateo.

- Así que... ¿el tío Alex no supo armar el telescopio? -preguntó Thiago con un tono de incredulidad.

Sofía intervino, dramática:

- No. No vimos nada. Solo lo negro. Dijo que iba a ver un tutorial, pero creo que se rindió. Fue un desastre.

Alexander se tensó, con la taza a medio camino.

Su fracaso astronómico estaba siendo expuesto ante sus sobrinos. Se giró, listo para defender su honor de ingeniero, pero Thiago se le adelantó.

- No se preocupen -dijo el niño mayor, con una suficiencia encantadora-. Benicio y yo también tenemos uno. Y sabemos usarlo.

- ¿En serio? -preguntó Mateo, impresionado.

- Sí. Yo sé alinear el buscador -aseguró Thiago-.

Es fácil si sabes dónde está la Estrella Polar. Esta noche podemos mirar desde la ventana de mi habitación.

-¡Sí! -gritó Benicio-. ¡Noche de estrellas en la habitación de Thiago!

Alexander se acercó a la mesa, fingiendo indignación pero secretamente aliviado de que alguien supiera manejar ese aparato.

- Vaya, Thiago. Me alegra saber que hay un experto en la familia. Me hubieras servido anoche.

Thiago se sonrojó de orgullo ante el reconocimiento de su tío.

- Cuando quieras te enseño, tío Alex.

Mientras la mesa de los niños era una fiesta, en el comedor principal, la atmósfera era gélida.

Rodrigo y Elisa habían bajado tarde, y al ver el zoológico decidieron desayunar en la terraza exterior, lejos del ruido.

Estaban molestos. Profundamente molestos.

Tener a esos niños en la mansión era, para Elisa, una afrenta personal a su estatus. Para Rodrigo, era una confirmación de que su abuelo había perdido la cabeza y de que Alexander estaba ganando terreno emocional.

Sin embargo, ninguno de los dos dijo nada en voz alta. Habían aprendido la lección tras la reunión en el despacho de Augusto: oponerse abiertamente al patriarca era un suicidio.

-¿Vas a ir al puerto con ellos? -preguntó Elisa, untando queso en una tostada sin ganas-.

Escuché a Matilde organizar la caravana. Van a ir todos.

- No -respondió Rodrigo, tajante-. No pienso participar en ese circo. Tengo dignidad.

- Y yo diré que tengo migraña -añadió Elisa-. No pienso subirme a un coche con esos... invitados.

Además, si vamos, tendremos que fingir que nos caen bien. Y hoy no tengo energía para actuar.

Así, cuando la flota de coches se preparó para salir hacia el puerto al mediodía, Rodrigo y Elisa brillaron por su ausencia. A nadie pareció importarle demasiado.

La excursión al puerto fue un evento digno de recordar.

Llegaron al paseo marítimo. El olor a sal y a churros fritos llenaba el aire.

Era un dia perfecto. Pasearon por el muelle.

Augusto caminaba del brazo de Lucía, contándole por enésima vez la historia de cómo descargaba cajas en ese mismo lugar hacía sesenta años.

Alexander caminaba atrás con Matilde, vigilando a la tropa de cuatro niños que corrían hacia la barandilla para ver los peces.

- Se te ve bien, hijo -comentó Matilde, apretando el brazo de su nieto-. Te ves... menos perfecto. Y eso te queda bien.

Alexander sonrió, acomodándose las gafas de sol.

- De nada, tío. Cuando quieras.

En un momento, la actividad se calmó. Los niños estaban sentados en mantas sobre la alfombra, compartiendo secretos en susurros.

Alexander y Lucía se quedaron de pie cerca del marco de la puerta de la habitacion.

Lucía apretó su mano, sintiendo la calidez y la fuerza de él.

Se giró para mirarlo. La luz de la luna perfilaba su rostro, suavizando las líneas duras de su mandíbula.

- Gracias -le susurró ella.

Alexander la miró, confundido.

-¿Por qué? Thiago hizo todo el trabajo con el telescopio. Yo solo cargué la caja.

- No por el telescopio -dijo ella, con los ojos brillantes-. Por esto. Por el día de hoy. Por dejarlos entrar. Por ser el chofer, el tío, el marciano y el esposo. Sé que te cuesta. Pero hoy... hoy les diste un día que nunca van a olvidar. Y a mí también.

Alexander sintió un nudo en la garganta. No estaba acostumbrado a la gratitud emocional.

Lucía se inclinó y apoyó la cabeza en su hombro.

- Eres un buen hombre, Alexander De la Vega.

Aunque te esfuerces mucho en ocultarlo.

Se quedaron así, tomados de la mano, mirando a los niños.

Lo que ellos no sabían, absortos en su burbuja, era que no eran los únicos observadores esa noche.

Unos metros más atrás Augusto y Matilde los miraban de pie desde el pasillo de las habitaciones de los niños.

Los viejos patriarcas también estaban tomados de la mano.

Se inclinó hacia él y apoyó la cabeza en su hombro, imitando inconscientemente el gesto de Lucía afuera.

- Augusto... -susurró ella, con la voz quebrada por la emoción contenida de tantos años-. Estos años... me hiciste mucha falta, viejo. Mucha falta.

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