Capítulo 177
CAPÍTULO 109
En el centro de la pista, el contador Estrada, sudando frío y con el nudo de la corbata flojo, parecía querer volverse invisible tras haber detonado la bomba. Pero el daño ya estaba hecho.
La verdad, cruda y sin maquillar, estaba sobre la mesa.
Lucía sentía que las paredes doradas del salón se le venían encima. La imagen de la espalda de la señora Miranda alejándose, llevándose consigo la promesa de una familia para Mateo y Sofía, se repetía en su mente como una pesadilla en bucle.
Sin decir una palabra, se dio la vuelta y caminó hacia la salida principal. No corría, porque sus piernas no le respondían para correr, pero su paso era rápido, urgente, desesperado.
Alexander vio a su esposa alejarse. La vio pequeña, vulnerable, con los hombros hundidos bajo el peso de una culpa que no le correspondía.
-¡Lucía! ¡Espera!
La voz de Alexander resonó a sus espaldas, cargada de desesperación. Ella no se detuvo.
Aceleró el paso, bajando las escalinatas hacia la calle, buscando desesperadamente un taxі, cualquier cosa que la sacara de esa órbita tóxica.
Alexander la alcanzó antes de que llegara al cordón de la vereda. Le agarró el brazo, girándola hacia él con fuerza, pero con cuidado.
- Lucía, por favor. No te vayas así. Podemos arreglarlo.
Lucía se soltó de un tirón, retrocediendo como si él quemara.
- ¿Arreglarlo? -Su voz era un hilo roto, irreconocible-. ¿Escuchaste lo que dijo esa mujer, Alexander? Se llevará a mis niños. Se los llevó.
Mañana irán por ellos al orfanato y los trasladarán a otro lugar, lejos de mí, porque tu familia es tóxica y delictiva.
- Hablaré con ella -prometió Alexander, con los ojos desorbitados-. Llamaré a Larrea. Usaremos toda la influencia de la empresa. No dejaré que se los lleven.
- ¡Tu influencia es el problema! -gritó ella, y el dolor en su grito hizo que Alexander se quedara mudo-. Tu apellido, tu dinero, tu maldita familia...
eso es lo que me los quitó. Rodrigo le gritó en la cara que nuestro matrimonio es una farsa. Y tiene razón, Alexander. Lo es.
- No lo es -dijo él, dando un paso hacia ella-. Tú sabes que ya no lo es. Lo que pasó en el ático... lo que sentimos...
- Eso no importa ahora. -Lucía se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, manchando su maquillaje-. Lo único que importa es que Mateo y Sofía van a pagar el precio de nuestra mentira. Yo acepté jugar a ser la Presidenta, acepté vivir en esa mansión llena de víboras, acepté todo... solo para darles un hogar. Y fallé.
Un taxi libre se detuvo al verla hacer señas frenéticas. Lucía abrió la puerta trasera.
- Lucía, no te subas a ese coche. Emitiremos un comunicado de prensa. Volvamos a casa.
- No se trata de comunicados de prensa, Alexander. Se trata de vidas. -Lucía miró hacia la calle-. Me voy a la clínica. O al orfanato. No lo sé.
Pero no voy a volver a la mansión esta noche, ni la siguiente, ni nunca más. No puedo dormir bajo el mismo techo que esa gente que acaba de destruir mi vida.
- Lucía, podemos mudarnos a mi casa. Dejaremos la mansión.
- No, Alexander. No. -Ella levantó la mano y un taxi se detuvo-. Si quieres ayudarme, asegúrate de que nadie se acerque a Mateo y Sofía. Y asegúrate de que tu primo se mantenga lejos de mí. Y eso te incluye a ti también.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.