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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 178

Capítulo 178

CAPÍTULO 110

A unos metros de distancia del escándalo principal, en la mesa 3, se desarrollaba otro drama, más silencioso pero igual de devastador.

El señor Navarro estaba sentado con la mirada perdida, aferrando una copa vacía con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Su mundo de seguridad financiera, construido sobre décadas de inversiones conservadoras y estatus social, acababa de ser sacudido hasta los cimientos por las palabras del contador.

Victoria estaba a su lado, comiendo una uva con una calma que resultaba escalofriante, como si estuviera viendo una obra de teatro aburrida en lugar del colapso de su propia familia.

El señor Navarro se giró hacia ella lentamente. Su rostro, habitualmente pálido, estaba rojo de una indignación que rozaba la apoplejía.

- Victoria... -su voz temblaba-. ¿Escuchaste a ese hombre? Dijo que Fernando... que Fernando robó mis cuentas personales. Las de inversión.

Las del retiro. ¡Todo!

- Lo escuché, papá -dijo Victoria sin inmutarse, escupiendo una semilla-. Y probablemente sea cierto. Fernando siempre tuvo gustos caros y un sueldo que no le alcanzaba. Nunca supo vivir acordea su realidad.

- ¡Tenemos que llamarlo! -El señor Navarro sacó su teléfono con manos torpes, marcando números al azar-. ¡Tiene que venir aquí a explicarse! ¡Voy a Ilamar a la policía! ¡¿Dónde está ese malnacido?!

¡Se supone que debía estar aquí sentado con nosotros!

Victoria le quitó suavemente el teléfono de la mano a su padre y lo dejó sobre la mesa, con un golpe seco.

- No lo llames, papá. No te va a contestar.

- ¿Por qué dices eso? -El anciano la miró con desesperación-. ¡Es mi empleado! ¡Es mi yerno!

¡Es familia!

Victoria soltó una risa breve y fría, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta de lino.

- Ya no es ninguna de las dos cosas.

El señor Navarro la miró, confundido, como si ella hablara en otro idioma.

-¿De qué hablas?

- Fernando y yo nos divorciamos el viernes, papá -soltó la bomba con una naturalidad pasmosa-.

Firmé los papeles. Él se fue. Sacó todas sus cosas de la casa mientras yo me hacía un facial.

El señor Navarro abrió la boca, boqueando como un pez fuera del agua. El aire parecía faltarle.

-¿Te... te divorciaste? ¿Y lo dejaste ir? -Su voz subió una octava-. Victoria, ¡si él nos robó, tenía que pagar! ¡Tenías que haberlo retenido!

- Yo no sabía que nos robaba, papá. Solo sabía que me aburría y que quería irse. -Victoria se encogió de hombros, restándole importancia-.

Me dio los papeles, firmé y se largó. Dijo que no tenía nada de qué preocuparme, que no lo volvería a ver.

- ¡Se fugó! -gritó el señor Navarro, golpeando la mesa y haciendo saltar los cubiertos-. ¡El muy desgraciado se fugó con mi dinero! ¡Y tú lo dejaste escapar! ¿Cómo pudiste ser tan estúpida, Victoria?

- ¡No me grites! -replicó ella, perdiendo la compostura-. Tú fuiste el que lo metió en la empresa. Tú fuiste el que le dio los poderes notariales sobre tus cuentas porque te daba pereza ir al banco. Tú le abriste la puerta al zorro, papá. Yo solo me deshice del marido que nunca quise.

En la mesa principal, Augusto y Matilde observaban el espectáculo dantesco. No decían nada. No intervenían.

Augusto estaba pálido, apoyado pesadamente en su bastón, respirando con dificultad, pero sus ojos estaban lúcidos y llenos de una tristeza profunda.

Veía cómo sus nietos se destrozaban, cómo la codicia había podrido las raíces de su árbol genealógico y cómo sus "amigos" y socios, como los Navarro, se revelaban como tontos consumidos por su propia vanidad.

- Augusto... -susurró Matilde, tomándole la mano con fuerza-. Vámonos. No quiero ver más esto. Es demasiado doloroso.

-Si, ya es momento -dijo el patriarca con voz débil pero firme-. Tienen que tocar fondo, Matilde. Tienen que romperse para poder arreglarse. Si nos vamos ahora, creerán que pueden barrer esto bajo la alfombra. Tienen que ver las cenizas.

Alexander regresó al salón en ese momento. Pasó junto a Rodrigo y Elisa, que seguían insultándose en el centro de la pista. Pasó junto a los Navarro, que estaban en estado de shock llorando por su dinero perdido.

Llegó hasta la mesa de sus abuelos. Se veía devastado.

- Lucía se fue -dijo Alexander, con la voz muerta -. Se subió a un taxi. Y la señora Miranda va a emitir un informe negativo. Se acabó, abuelo.

Destruyeron todo. Perdí a mi esposa y ella perdió a sus hijos.

Augusto miró a su nieto favorito. Vio el dolor en sus ojos, un dolor real que nada tenía que ver con las acciones de la empresa.

- No todo, Alexander -dijo el anciano-. Solo destruyeron la mentira. Ahora... ahora empieza la verdad. Pero eso lo empezaremos a solucionar mañana. Sácame de aquí, hijo. Estoy cansado.

Muy cansado.

Alexander asintió y ayudó a su abuelo a levantarse, cargando con el peso del anciano y con el peso de su propia culpa. Salieron del salón, dejando atrás el caos, sin saber que la noche aún les reservaba una última lección de humildad antes de que pudieran empezar a reconstruir.

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