Capítulo 180
CAPÍTULO 112
Pasó una semana. Una semana de silencios incómodos en los pasillos de la empresa y de miradas esquivas entre los empleados. La tensión era insostenible. Finalmente, llegó la convocatoria que todos temían y esperaban a la vez.
El abuelo, Augusto de la Vega, los citó en la sala de juntas principal del edificio VegaCorp.
Estaban los cinco hombres de la familia.
Roberto, el hijo mayor, Ricardo, el hijo menor, y los dos nietos Rodrigo y Alexander. A sus ochenta años, Augusto, caminaba despacio, apoyándose en un bastón pero su presencia llenaba la habitación de inmediato. Se sentó en su sillón de cuero detrás de la gran mesa de la junta, sin decir una palabra. Dejó pasar un minuto entero de silencio, dejando que la incomodidad de sus herederos macerara.
- Padre...-comenzó Roberto, incapaz de soportar más la tensión- ¿Qué hacemos acá? Es domingo.
Augusto levantó la vista. Sus ojos, nublados por la edad pero afilados por la experiencia, barrieron la sala.
- Hay una decisión que tomar -dijo con voz rasposa, pero firme.
Todos se quedaron esperando.
- Nuevamente nos encontramos sin presidente - continuó el abuelo, golpeando suavemente el suelo con su bastón-. El escándalo de la semana pasada ha dejado vacante el puesto, y la Junta Directiva está nerviosa. Los accionistas llaman a mi teléfono privado preguntando si esta familia ha perdido el juicio. Obviamente, están esperando una dirección. Quieren una cabeza visible.
Roberto se enderezó, alisándose el saco.
- Es lógico que yo asuma, padre. Tengo la experiencia, conozco a los socios...
- ¡Tú eres parte del problema, Roberto! -bramó Augusto, callándolo de golpe-. Tu falta de control sobre tu propia casa es lo que nos trajo aqui.
Roberto se puso rojo de ira, pero cerró la boca y se sirvió otro trago.
- Quieren que yo vuelva a tomar las riendas-dijo el abuelo, con un suspiro que pareció vaciarle los pulmones-. Pero estoy cansado. Tengo ochenta años. Debería estar jugando con mis bisnietos, no limpiando los desastres de mis hijos y nietos. Ya no quiero esto.
Un murmullo de sorpresa recorrió la sala.
- Entonces... ¿qué opción tenemos? -preguntó Alexander, dando un paso adelante.
Augusto lo miró fijamente.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.