Capítulo 207
CAPÍTULO 127
El teléfono no dejaba de sonar en la clínica veterinaria Flores, la sala de espera estaba llena de ladridos y maullidos, y el olor a café quemado se mezclaba con el de desinfectante.
- ¡Lucía! -exclamó Alina, tapando el auricular con la mano-. Tienes que salir. Es una emergencia.
Lucía se quitó los guantes y se lavó las manos rápidamente.
-¿Qué pasa?
Alina le pasó el teléfono, pero antes de que Lucía pudiera agarrarlo, Alina lo retiró.
- Bueno, en realidad ya colgaron. Era el capataz de la Finca La Aurora. Dicen que tienen dos caballos pura sangre que acaban de llegar y uno está con convulsiones y el otro no se deja tocar. Están desesperados.
Lucía frunció el ceño, secándose las manos con una toalla de papel.
-¿Finca La Aurora? No me suena. Nunca hemos atendido clientes ahí. ¿Dónde queda?
- Está pasando el límite de la ciudad, cerca de la zona de los viñedos antiguos -explicó Alina con una urgencia sospechosa-. Dijeron que les recomendaron tu nombre desde el Haras El Roble.
Que sólo confían en ti.
- Pero tengo la agenda llena, Alina. Tengo tres consultas y...
En ese momento, la puerta del consultorio dos se abrió y salió Luis, secándose el sudor de la frente.
Había escuchado la última parte de la conversación.
- Si es una emergencia equina, puedo ir yo -se ofreció Luis de inmediato, sacando las llaves de su camioneta del bolsillo-. Tú quédate con los pequeños animales, Lucía. Yo me encargo. Me queda de paso para ir a ver a mi madre.
Alina abrió los ojos con pánico. Si Luis se iba, el plan maestro que llevaba una semana coordinando con Alexander se iría por el desagüe en un segundo.
- ¡No! -gritó Alina, quizás demasiado fuerte.
Luis y Lucía la miraron, sorprendidos.
- ¿Por qué no? -preguntó Luis, extrañado-. Soy veterinario, Alina. Sé tratar caballos.
- Porque... -Alina tartamudeó, buscando una excusa creíble mientras su cerebro trabajaba a mil por hora-. Porque el capataz fue muy específico.
Dijo: "Queremos a la doctora Flores". Dijeron que el dueño es un tipo muy especial, muy complicado, y que si no va la titular, no dejan entrar a nadie. Ya sabes cómo son los ricos nuevos, caprichosos. Si vas tú, Luis, capaz te sacana escopetazos y perdemos el cliente.
Luis pareció ofendido, pero se encogió de hombros.
- Bueno, si son así de especiales... allá ellos. Pero es una tontería.
Lucía suspiró, mirando el reloj.
- Está bien. Iré yo. Pero no tengo coche hoy.
- Pide un taxi -sugirió Alina rápidamente, empujándola suavemente hacia la salida-. Yo me encargo de reprogramar tus citas. Camila y Luis cubren el fuerte. ¡Corre, antes de que el caballo empeore!
Lucía tomó su maletín médico, se quitó la bata para quedar con sus jeans y una blusa blanca, y salió a la calle.
Conseguir un taxi a esa hora y para un viaje tan largo resultó ser una odisea. Las aplicaciones de transporte no encontraban conductores dispuestos a ir hasta una zona rural alejada, y los taxis libres pasaban de largo.
Pasaron veinte minutos de frustración bajo el sol hasta que finalmente un vehículo viejo, conducido por un señor amable que escuchaba boleros a todo volumen, aceptó el viaje por una tarifa exorbitante.
-A la Aurora, entonces -dijo el conductor-.
Queda lejos, señorita. Espero que valga la pena el viaje.
- Disculpe -dijo Lucía, apurando el paso para alcanzar al guía-. No veo las instalaciones. ¿Dónde están los establos?
- Están más adelante, señorita. Donde termina el camino de los álamos.
Caminaron unos quinientos metros más. El camino subía suavemente hacia una colina. Al llegar a la cima, la vista se abrió y Lucía se detuvo en seco, maravilladaa pesar de su preocupación.
El valle que se extendía ante ella era un paraíso. Un lienzo verde salpicado de flores silvestres, protegido por montañas lejanas.
Y allí, en medio de esa inmensidad, había una estructura de madera provisional, un corral cercado recientemente.
Dentro del corral, había dos caballos. Un tordo de pelaje grisáceo y un alazán de color fuego. Pastaban tranquilamente. No había convulsiones. No había espuma en la boca. Se veían perfectamente sanos.
Y apoyado en la valla del corral, dándole la espalda, había un hombre.
No llevaba ropa de montar, ni traje de ejecutivo.
Vestía unos pantalones de mezclilla desgastados, botas de trabajo y una camisa de lino blancа arremangada hasta los codos.
El corazón de Lucía dio un vuelco. Conocía esa espalda. Conocía la forma en que sus hombros se tensaban y se relajaban. Conocía esa postura de dueño del mundo, incluso en medio de la nada.
El hombre se giró lentamente al escuchar sus pasos sobre la hierba.
Era inevitable.
Era Alexander.
Tenía una brizna de paja en el cabello y una sonrisa que Lucía nunca le había visto: una sonrisa nerviosa, abierta, despojada de toda ironía.
- Te estaba esperando, Lucía -dijo él, con voz suave que el viento llevó hasta ella.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.