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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 209

Capítulo 209

Alexander se detuvo y la miró, buscando su reacción con ansiedad. El gran negociador estaba nervioso.

- Te estoy ofreciendo una vida lejos de la Torre Vega, Lucía. Lejos de la mansión. - ¿Te gusta? - preguntó él.

Lucía miró el valle. Imaginó a Mateo y Sofía corriendo por la colina. Imaginó a Kai persiguiendo mariposas. Se imaginó a sí misma tomando café con Alexander en ese porche imaginario.

- Me encanta -respondió ella, con lágrimas en los ojos-. Es... es un sueño.

- Bien -dijo Alexander, soltando el aire-. Porque hay alguien más que necesita ver esto.

- ¿Alguien más?

- Sí. Prepárate. La licenciada Miranda está a punto de llegar.

Lucía se quedó helada.

- ¿La asistente social? ¿Aquí?

- Sí. La llamé esta mañana. Le dije que quería mostrarle el lugar donde viviríamos. Le dije que la Mansión y el ático eran temporales, pero que esto...

esto sería el hogar definitivo. Tiene que conocer el lugar donde crecerán los niños para aprobar la custodia permanente. Viene en camino con Martínez,  Lucía no podía creerlo. Alexander no solo había planeado una casa; había planeado el futuro de la adopción. Se había comprometido hasta el fondo.

- Alexander... tú... tú hiciste todo esto...

- Aún no termino -la interrumpió él.

Alexander metió la mano en el bolsillo de su pantalón. Su expresión se volvió solemne, perdiendo el entusiasmo infantil para recuperar la intensidad del hombre que ama profundamente.

El viento sopló, moviendo el cabello de Lucía.

- Hay una última cosa -dijo él-. Antes de que llegue Miranda, antes de que firmemos la compra del terreno, antes de poner un solo ladrillo... te quiero hacer una pregunta.

Y ella le hizo el gesto de que faltaba algo más. Algo que él nunca había hecho. Algo que el Alexander orgulloso del pasado jamás hubiera hecho.

Entonces, Alexander De la Vega, el hombre que no se inclinaba ante nadie, dio un paso atrás y, con la suavidad de quien realiza el acto más importante de su vida, dobló la rodilla.

Se arrodilló en la tierra, en el pasto, ensuciando sus pantalones, y la miró desde abajo. No sacó un anillo nuevo. Tomó la mano izquierda de Lucía, donde brillaba la alianza original y el diamante que le había dado días atrás, y besó sus dedos.

- Lucía... -volvió a preguntar, con la voz rota por la emoción-.¿Quieres ser mi esposa, mi socia, la madre de mis hijos y la dueña de mi vida? ¿Quieres casarte conmigo?

Lucía lo miró. Vio al hombre que había rescatado a un perro de tres patas. Al hombre que había aprendido a usar un telescopio. Al hombre que había comprado una montaña para ella.

Se arrodilló frente a él, quedando a su altura, para no mirarlo desde arriba, sino de igual a igual.

Le acunó el rostro con las manos.

-Si -respondió ella, y selló la promesa con un beso-. Sí, Alexander. Te elijo a ti.

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