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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 210

Capítulo 210

CAPÍTULO 129

El edificio de VegaCorp seguía teniendo la misma vista imponente de la ciudad que hacía veinte años, pero el hombre que observaba el horizonte a través del cristal templado ya no éra el mismo.

Lo que captaba la atención de Alexander no era la tecnología, sino el hombre joven que estaba de pie frente a él, ajustándose los gemelos de la camisa con un gesto que Alexander reconoció con una punzada de nostalgia: era el mismo gesto que él hacía cuando estaba nerviosO.

Mateo de la Vega tenía ahora veinticinco años. Ya no era el niño pequeño que corría tras los animales.

Se había convertido en un hombre alto, de espaldas anchas y con una mirada oscura y penetrante que podía desarmar a un socio comercial en segundos.

- Siéntate, Mateo -dijo Alexander, señalando la silla frente al escritorio.

- Prefiero estar de pie, padre -respondió Mateo, con voz firme-. Ayudaa pensar mejor.

Alexander sonrió levemente.

- Como quieras. Hoy es un gran día. Tu nombramiento como Director Global de Sustentabilidad y Nuevos Negocios se hizo oficial en el boletín interno hace diez minutos. Las acciones han reaccionado bien. El mercado confía en la nueva generación.

- El mercado confía en el apellido, no en mí - corrigió Mateo - El mercado no es tonto, hijo. Saben quién eres.

Saben que Benicio está haciendo un trabajo impecable en Logística y que Thiago lidera la división de Tecnología en Asia. Y saben que tú...

Mateo caminó hacia la estantería donde reposaba una fotografía enmarcada en plata. Era una foto vieja, tomada en eljardín de la mansión: Augusto De la Vega, ya muy anciano pero sonriente, rodeado de sus biznietos. Mateo pasó el dedo por el cristal.

El patriarca había fallecido hacía muchos años.

- Padre, no necesito que me expliques el manejo -dijo Mateo, girándose-. Sé lo que se espera de mí. Sabes que no llegué aquí en paracaídas.

Comencé en el puesto de mensajero cuando tenía diecisćis años. Repartí correos, serví cafés en la sala de juntas, cargué cajas en los puertos con el equipo de Zambrano... Sé que me he ganado el cargo. Nadie me regaló nada.

Alexander lo observó con orgullo. Era cierto.

Cuando Mateo quiso entrar en VegaCorp, Lucía y Alexander le habían puesto una condición: empezar desde abajo. Y el muchacho lo había hecho sin una sola queja.

- Lo sé -asintió Alexander-. Y estoy orgulloso de eso. Pero hay muchas cosas que no sabes, Mateo.

Apenas te has graduado de la maestría hace un par de años. La teoría es una cosa; la política de este edificio es otra. Tienes mucho que aprender sobre cómo manejar a los tiburones que se sientan en esa mesa ovalada. Algunos todavía ven al niño y buscarán tus debilidades.

Mateo tensó la mandíbula, sentía que tenía que demostrar el doble que sus primos, Benicio y Thiago, para sentirse digno del legado.

- Que busquen -dijo Mateo con frialdad-. Los estaré esperando. Conozco los números mejor que ellos.

Alexander se quitó las gafas y las dejó sobre el escritorio. Su expresión cambió, dejó de ser el Presidente para ser el padre.

- No es de eso de lo que quiero hablarte, hijo. Sé que lo harás muy bien en este cargo. Sabes que el área de sustentabilidad la creamos junto con tu madre hace veinte años, cuando ella insistió en que no podíamos ganar dinero destruyendo el mundo.

Es el corazón de esta empresa.

Mateo rodó los ojos, aunque con una sonrisa afectuosa.

- Padre, ya me sé la historia. "La Gran Fusión Naviera", "La Era de la Humanidad". Mamá me la cuenta cada domingo en el almuerzo. No empieces con la nostalgia de los viejos tiempos.

- Está bien, está bien -concedió Alexander, levantando las manos-. Me estoy volviendo un viejo sentimental, lo admito. Tu madre dice que me parezco cada día más a Augusto.

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