Capítulo 215
CAPÍTULO 133
- ¡Maldición! -exclamó, golpeando el pilar con la palma de la mano.
Había llegado tarde. Benicio, con su impaciencia habitual, ya se había ido de la finca sin siquiera despedirse de ella.
Dio media vuelta y corrió hacia su propio vehículo.
No se cambió de ropa. No llegaría a tiempo.
Condujo con la ventana abierta, dejando que el viento le golpeara la cara, tratando de enfriar los pensamientos que se agolpaban en su mente. Hacía poco más de un año que no veía a Thiago. Un año de videollamadas esporádicas, de mensajes breves y alguna que otra foto. Sofía se preguntó si él habría cambiado tanto como decían.
El aeropuerto era un hormiguero de actividad. Sofía se estacionó en el nivel de llegadas, metió el ticket en el bolsillo de sus pantalones de montar y caminó hacia la terminal con paso decidido, ignorando las miradas curiosas de los viajeros que se sorprendían al ver a una amazona en medio del aeropuerto.
No tardó en localizar a su familia. Era imposible no verlos.
Cerca de la puerta de arribos internacionales, Rodrigo y Elisa formaban un núcleo de elegancia nerviosa. Rodrigo revisaba su reloj cada treinta segundos, mientras Elisa, vestida como para una pasarela, daba instrucciones a un joven que sostenía un cartel innecesario. Benicio, sin embargo, no estaba con ellos.
Sofía se detuvo detrás de una columna, observando.
Su corazón latía con una fuerza estúpida. Se dijo a sí misma que era solo cariño de prima, la emoción de ver a alguien con quien había crecido. Pero sus manos sudaban.
En ese momento, las puertas automáticas de vidrio esmerilado se deslizaron.
El flujo de pasajeros comenzó a salir: turistas cansados, familias con demasiadas maletas, ejecutivos apresurados.
Y entonces, salió él.
Thiago De la Vega.
Sofía contuvo el aliento.
Llevaba un traje gris oscuro de corte perfecto, sin corbata, con el cuello de la camisa abierto. Su cabello estaba un poco más largo de lo que recordaba, peinado hacia atrás con un estilo desenfadado.
Pero lo que hizo que el estómago de Sofía se cerrara no fue ver a Thiago.
Fue ver quién caminaba a su lado.
No venía solo.
Tal como Sofía había predicho en el establo, a su derecha caminaba una mujer. Era alta, de rasgos delicados y una belleza intimidante. Llevaba un traje sastre blanco inmaculado y caminaba al mismo ritmo que Thiago.
Thiago se detuvo un momento para decirle algo a la mujer, y ella rió, tocándole el brazo con una familiaridad que a Sofía le pareció una bofetada.
- ¿Para qué vine? -se reprochó Sofía a sí misma, sintiéndose repentinamente ridícula con sus botas sucias y su trenza deshecha-. Soy una idiota.
La realidad la golpeó con fuerza y el impulso de huir fue abrumador. No quería que la vieran así. No quería verlos.
- Espero que no me vean -susurró, y giró sobre sus talones.
Caminó rápido, casi corriendo, hacia la salida, con la cabeza baja, intentando mezclarse entre la multitud. Entró en el estacionamiento, buscando su Jeep con desesperación.
Estaba a punto de llegar a su coche cuando una figura salió de entre las filas de vehículos estacionados y chocó contra ella.
- ¡Oye! -exclamó la voz familiar.
Sofía levantó la vista. Era Benicio.
- ¿Sofía? -Benicio parpadeó, sorprendido, y luego una sonrisa enorme se dibujó en su cara-.
¡Viniste! ¡Sabía que vendrías!
Sofía maldijo su suerte.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.