Capítulo 218
CAPÍTULO 136
Para Samanta el día no comenzaba hasta después del mediodía. Su reloj estaba ajustado a los ritmos artificiales del Club Velvet. Cuando la mayoría de las personas se levantaban para tomar su primer café y enfrentar el tráfico de la mañana, ella apenas estaba cerrando los ojos, buscando el refugio de sus sábanas después de horas de girar, saltar y desnudarse el alma bajo un foco de luz blanca.
La habitación en la que dormía estaba ubicada en un modesto y anticuado edificio de la zona sur, a kilómetros de distancia del lujo y el glamour que fingía tener sobre el escenario. Las cortinas eran gruesas, de una tela opaca y pesada, diseñadas específicamente para bloquear hasta el último rayo de luz diurna.
Ese era su santuario. El único lugar donde no tenía que ser un espejismo para hombres solitarios o ejecutivos estresados. Allí Samanta no era la musa inalcanzable; era solo una mujer de veintitrés años con los pies cubiertos de ampollas, los músculos de las pantorrillas ardiendo por el esfuerzo y el corazón blindado por necesidad.
El cansancio físico de la noche anterior había sido doble. Al desgaste del baile se le había sumado el desgaste emocional del encuentro con Mateo en el pasillo. Las palabras del joven De la Vega -«¿Y si pago tu tarifa?»- Le habían dolido más de lo que jamás admitiría, porque, durante un año entero, había llegado a creer que él era diferente. Que él la miraba a ella, a la mujer, y no a la mercancía.
Estaba sumida en un sueño profundo, pesado y sin imágenes, cuando un ruido violento la arrancó de la inconsciencia.
El sonido metálico de las anillas de la cortina raspando contra el tubo de aluminio fue como un latigazo. De repente, la luz cruda e implacable inundó la pequeña habitación, golpeando el rostro de Samanta.
Ella ahogó un grito, llevándose las manos a los ojos, cegada. Se incorporó de golpe.
No estaba sola.
Un hombre estaba de pie junto a la ventana. Su silueta se recortaba contra la luz, pero Samanta no necesitaba verle los rasgos para saber quién era.
- Ya es hora de despertar, princesa -dijo la voz áspera y rasposa de su padre.
No era un padre en el sentido tradicional de la palabra. Era un administrador de desgracias. Un hombre que había gastado su vida apostando en mesas de póquer de mala muerte y buscando atajos hacia el dinero fácil. Y cuando los atajos fallaban, siempre recurría a su único activo rentable: su hija.
Samanta bajó las manos lentamente, entrecerrando los ojos para acostumbrarse a la luz. Se tiró de las sábanas hasta el pecho, un gesto de pudor instintivo, aunque llevaba una camiseta de algodón grande.
- ¿Qué haces aquí? -preguntó ella, con la voz ronca por el sueño y la indignación-. Te he dicho mil veces que no entres así. Es mi casa. Yo pago el alquiler. Tienes una copia de la llave solo para emergencias.
Soltó una carcajada seca, ignorando su queja, y caminó hacia los pies de la cama. Vestía un traje gris que brillaba en los codos y los hombros por el desgaste.
- Yo soy tu emergencia, Samanta. Siempre lo he sido. Y parece que se te olvida quién te consiguió la audición en ese club de lujo para que pudieras pagar este palacio.
Samanta apretó los dientes. Era la misma historia de siempre. La deuda eterna que él le echaba en cara.
-¿A qué viniste? -preguntó, negándose a llamarlo "papá". Estaba demasiado cansada para sus juegos de manipulación.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.