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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 219

Capítulo 219

CAPÍTULO 137

Al escuchar su negativa, la paciencia de su padre se evaporó por completo.

Rodeó la cama con pasos rápidos y pesados, sus zapatos desgastados golpeando el suelo de linóleo con una cadencia amenazante. Samanta intentó retroceder, encogiéndose contra la cabecera de la cama, buscando hacerse pequeña, invisible, pero él fue más rápido. La tomó por el brazo con una fuerza brutal.

- ¡Me sueltas! -exigió ella, forcejeando inútilmente. El dolor le subió por el hombro, agudo y punzante.

Su padre se acercó más, su rostro a centímetros del de ella, tratando de intimidarla con su aliento, una mezcla nauseabunda de tabaco barato, café rancio y alcohol de la noche anterior.

- Escúchame bien, Samanta - siseó el hombre frente a ella, con una violencia contenida que le heló la sangre- No me importa si es un buen hombre, si es un santo o si es un chico malo. A mí no me sirve de nada tu moralidad barata. Esas son estupideces para gente que puede permitirse el lujo de tener principios. Nosotros no podemos. Soy yo quién sabe qué te conviene. Soy yo quien te ha mantenido viva y bajo un techo todos estos años. Y ese hombre... ese hombre debemos mantenerlo cerca. Muy cerca.1

Samanta dejó de forcejear, paralizada por el tono de su padre. Él siempre había sido un vividor, un mentiroso y un cobarde que huía cuando las deudas se acumulaban, pero rara vez la atacaba físicamente. Había algo más brillando en el fondo de sus ojos oscuros, un rencor antiguo y fosilizado.

Esto no era un simple intento de extorsión a un chico rico de la ciudad; había un plan detrás.

- ¿Por qué quieres eso, padre? -preguntó ella, cambiando de estrategia, bajando la voz en un intento de apelar a alguna fibra paternal inexistente -. ¿Para qué lo necesitas? ¿A quién le debes dinero esta vez que la desesperación te hace actuar así?

¿Conoces a los De la Vega?

Al escuchar el apellido, un espasmo casi imperceptible cruzó el rostro de su padre. La soltó bruscamente, empujándola hacia atrás contra las almohadas con tal fuerza que la cabeza de Samanta rebotó contra la pared.

- No tengo que explicarte mis motivos - respondió él con frialdad glacial, ajustándose los puños de la camisa-. Los De la Vega son sanguijuelas. Creen que el mundo es suyo porque nacieron en cunas de oro o porque se robaron lo que otros construyeron. Conozco a esa gente, Samanta.

Y te aseguro que nos deben esto. Pero tú no necesitas entender el panorama completo. Eres solo el cebo.

La señaló con un dedo acusador.

- Lo único que necesitas saber es que tu bienestar, y el mío, dependen de que él siga viniendo a verte al club. Solo quiero que te mantengas cerca de él. Dale esperanzas. Acéptale una copa, una cena. Escucha lo que dice. Déjalo que crea que tiene una oportunidad de salvarte.

Samanta se frotó el brazo donde los dedos de su padre habían dejado marcas rojas que pronto se volverían moretones violáceos.

- ¿Y si ya lo arruiné? -dijo ella, con una mezcla de amargura por la situación y una secreta esperanza de que Mateo estuviera a salvo de las garras de su padre-. Anoche le fui muy clara en el pasillo de los camerinos. Lo insulté. Le dije que me daba lástima su propuesta. El orgullo de un hombre así, acostumbrado a que el mundo se rinda a sus pies, no perdona fácilmente. Puede que no vuelva nunca más.

Su padre la miró y una sonrisa retorcida curvó sus labios.

- Los hombres no tienen orgullo cuando están obsesionados -dictaminó Héctor, hablando desde la experiencia de quien ha visto a hombres perder fortunas por una debilidad-. Y él lo está. Te ha estado mirando desde las sombras durante un año entero. Lo he visto.Él no respira cuando tú estás en el escenario. No se rendirá tan fácil. Volverá.

Alguien con ese nivel de hambre no se conforma con un solo rechazo.

Caminó hacia la puerta de la habitación, deteniéndose con la mano sobre el picaporte despintado.

Capítulo 219 1

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