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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 220

Capítulo 220

CAPÍTULO 138

Sofía llegó a la finca antes de que saliera el sol.

Tenía entrenamiento de equitación a primera hora y una montaña de trabajo administrativo pendiente con los registros de la temporada de cría.

Se cambió rápidamente, poniéndose su uniforme de batalla: pantalones de montar ajustados, botas altas y un suéter ligero para combatir el rocío matutino. Cuando llegó a las caballerizas, el olor familiar a heno dulce y madera la abrazó. Eclipse, su imponente semental pura sangre, relinchó al escuchar sus pasos, golpeando la puerta del box con impaciencia.

Estaba terminando de ensillar al animal cuando escuchó el crujido de unos pasos sobre la grava.

Se giró, esperando ver a uno de los empleados, pero se encontró con Lucía. Su madre llevaba una taza de café humeante en las manos y una bufanda gruesa envuelta alrededor del cuello.

- Pensé que ibas a volver tarde -dijo Lucía a modo de saludo, acercándose al box y ofreciéndole a Eclipse un terrón de azúcar que llevaba en el bolsillo-. O que al menos te quedarías a dormir un poco más.

Sofía acarició el cuello del caballo y tomó las riendas.

- No podía, mamá. Sabes que tengo el circuito preparado. La competencia no tarda en llegar, es en cinco semanas, y siento que este es nuestro año con Eclipse. Necesitamos cada minuto de práctica.

Lucía la observó por un momento, dando un sorbo a su café. Y tendiendo una taza para su hija.

- Ayer me dijeron tus tíos que llegaste al aeropuerto -comentó Lucía, con un tono casual que no engañó a la joven jinete-. Rodrigo y Elisa comentaron que te vieron llegar con tu primo pero que no quisiste quedarte a cenar con ellos. Pensé que ibas a ir directo a donde tu hermano y resulta que cambiaste de destino.

Sofía tensó la mandíbula, ajustando una correa que no necesitaba ajuste.

- Quería recibir a Thiago, sí -admitió Sofía, intentando que su voz sonara indiferente-. Salí corriendo de aquí tras Benicio porque me insistió mucho. Pero la verdad, mami... Fui con la ropa de trabajo, llena de polvo y con olor a caballo. Y al llegar ahí, y ver todo ese despliegue... sentí que no encajaba.

Sofía hizo una pausa, recordando la figura inmaculada de Karla, la mujer de blanco que caminaba al lado de su primo con tanta propiedad.

- Me arrepentí de estar allí -continuó Sofía, bajando la mirada-. Sentí que solo iba a ser la nota discordante en su foto de recibimiento perfecto. Así que di media vuelta y me fui donde mi hermano.

Lucía dejó la taza sobre el muro de madera y acarició el brazo de su hija. Conocía las inseguridades de Sofía. Sabía que, a pesar de llevar el apellido de la Vega, la joven siempre se había sentido un poco al margen de la opulencia de la familia, prefiriendo la autenticidad del campo. Lo que Lucía no sabía, o prefería no indagar demasiado, era que la inseguridad de Sofía aquella tarde tenía nombre y apellido.

- No tienes que encajar en ningún molde, mi amor. Eres perfecta tal y como eres -la consoló Lucía-. Pero bueno, entiendo que Elisa y Rodrigo pueden ser abrumadores. ¿Y encontraste a tu hermano después de eso?

- Sí -respondió Sofía, aliviada por el cambio de tema-. Fui a su departamento. Pedimos algo de cenar, hablamos un rato y nos dormimos.

- Se nota que durmieron tarde -observó Lucía, tocándole suavemente la mejilla, justo debajo del ojo-. Te noto cansada, hija. Tienes ojeras. ¿Estás segura de que quieres practicar hoy? Puedes darle un día de descanso a Eclipse.

- Estoy segura, mamá. Saltaré un rato, me despejará la mente.

- No, nada -mintió Sofía con fluidez-.

Hablamos de la empresa, del nuevo cargo, de lo cansado que está. Nada de mujeres, te lo aseguro.

Lucía la miró con escepticismo, pero decidió no presionar más.

- Tengo ganas de conocer a la susodicha -soltó Sofía de repente, impulsada por una idea que llevaba germinando en su cabeza desde la madrugada-. Voy a decirle a Benicio que una de estas noches me acompañe al Club Velvet. Quiero ver con mis propios ojos qué es lo que tiene a mi hermano tan desvelado.

Lucía abrió los ojos desmesuradamente, escandalizada.

- ¡Sofía de la Vega! Absolutamente no. No necesito que todos mis hijos terminen metidos en ese club nocturno de dudosa reputación. Ya tengo suficiente con la angustia que me da Mateo.

- Mamá, relájate -rió Sofía, tomando las riendas y abriendo la puerta del box para sacar al caballo-.

Es solo un club. Seguro no es tan grave como se lo imaginan papá y vos. Ustedes creen que es un antro del bajo mundo y probablemente sea solo un bar caro con luces rojas y música alta. Solo iré a echar un vistazo. Trabajo de investigación encubierta.

- No me hace ninguna gracia, Sofía.

- Empieza a saltar, mamá. Digo, a mirar cómo salto -corrigió Sofía, guiñándole un ojo mientras guiaba a Eclipse hacia la pista de arena al aire libre -. Ya está preparado el circuito y los obstáculos están altos. Deséame suerte.

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