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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 244

Capítulo 244

CAPÍTULO 161

Mateo tomó su teléfono celular por enésima vez. La pantalla se iluminó, mostrando el contacto que había guardado hace poco. Había estado pensando todo el día en ese número. Durante el almuerzo, había tecleado al menos veinte variaciones de un saludo, desde un casual "Hola, soy Mateo, perdóname por lo de anoche" hasta un formal "Me gustaría invitarte a tomar un café para disculparme".

Pero nunca fue capaz de oprimir el botón de enviar.

Cuando terminó el horario de oficina, en vez de irse a su departamento tomó una decisión impulsiva.

Guardó el teléfono en el bolsillo interior de su saco, apagó las luces de su despacho y bajó al estacionamiento subterráneo.

No iba a escribirle. Iba a ver su baile, como otras tantas noches. Necesitaba verla. Necesitaba confirmar que ella seguía allí.

Llegó y entregó las llaves al valet parking. El guardia de la entrada, lo saludó como a un viejo conocido, levantando la cuerda de terciopelo sin pedirle identificación.1

- Buenas noches, señor de la Vega. Su mesa está libre.

Mateo asintió con un murmullo de agradecimiento y se adentró en la atmósfera del club. El lugar estaba lleno, envuelto en humo dulce, murmullos y el tintineo de los vasos de cristal. Se sentó en su mesa de siempre, la número cinco, ese rincón en penumbras que le ofrecía la mejor vista del escenario sin exponerlo directamente a la luz. Un camarero le trajo su bebida habitual sin necesidad de preguntar.

Esperó. Cada minuto se sentía como una hora. Y entonces, las luces principales bajaron su intensidad. El murmullo del público se apagó. Un foco blanco, solitario y brillante, cortó la oscuridad del escenario.

Samanta apareció.

Vestía una tela vaporosa que parecía flotar alrededor de su cuerpo con voluntad propia. La música, una melodía lenta y melancólica de jazz, comenzó a sonar. Mateo la observó, sintiendo cómo el aire se atascaba en sus pulmones. Su baile no era una simple rutina para entretener a clientes adinerados; era una expresión cruda de dolor, de anhelo, de una belleza que lastimaba. Cada movimiento de sus brazos, cada giro, transmitía una historia que Mateo desesperadamente quería leer.

El show terminó. Los aplausos llenaron la sala, у Samanta, tras una breve reverencia, desapareció tras el espeso telón rojo, huyendo hacia los pasillos traseros.

Mateo dejó su vaso sobre la mesa. Esta noche no se iba a conformar solo con eso. La pasividad había terminado. No iba a ser el espectador cobarde que miraba desde las sombras y luego se iba a su casa a lamentarse.

Se levantó, ajustándose el saco, y caminó con paso decidido hacia la zona restringida que daba a los camerinos. Los guardias interiores, acostumbrados a su presencia constante y a su estatus de cliente VIP, no le impidieron el paso, asumiendo que buscaba el baño exclusivo.

El pasillo trasero era un contraste brutal con el glamour del salón principal. Olía a humedad, a laca para el cabello y a tabaco barato. La luz parpadeaba en algunos sectores. Mateo caminó en silencio, agudizando el oído.

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