Capítulo 259
CAPÍTULO 175
A medida que se acercaban a las caballerizas, el sonido de los bajos de la fiesta se fue desvaneciendo, reemplazado por el bufido suave de los animales y el sonido de'los cascos inquietos golpeando la madera de los boxes.
El aire dentro de la gran estructura de madera era cálido y olía a alfalfa dulce y a cuero limpio. Las luces estaban tenues para no alterar a los residentes.
- Los animales están un poco nerviosos por el movimiento inusual de la casa -le comentó Sofía en voz baja, guiándolo por el pasillo central, acariciando los hocicos que se asomaban por las puertas de las cuadras a medida que pasaban- No están acostumbrados a tantos coches y a la música fuerte. Tienen un oído y un instinto muy finos.
Sienten que algo está distinto en el aire.
Llegaron al fondo del establo. Un espacio más amplio y aislado, donde la luz era casi amarilla.
Allí, apoyado contra la cerca del box principal, estaba Ramón, uno de los empleados más veteranos y de mayor confianza de la cuadra. Ramón estaba bebiendo un café bien fuerte, observando a una hermosa yegua alazana que caminaba en círculos lentos dentro de la cama de paja limpia.
- ¿Cómo va, Ramón? -preguntó Sofía, asomándose por encima de la madera con el corazón en la garganta.
Ramón se giró, quitándose el sombrero de ala ancha.
- Tranquila, señorita Sofía. Sigue en fase de preparación. La yegua está fuerte, pero no tiene prisa. -El hombre miró a la yegua con ojo clínicoA mi entender, y por cómo tiene la panza de bajа, no creo que el nacimiento sea hoy. Probablemente rompa bolsa en uno o dos días más, cuando todo este ruido de la fiesta se haya apagado y se sienta segura.
Sofía soltó un suspiro de alivio tan profundo que sus hombros cayeron varios centímetros.
- Menos mal. Tenía miedo de que se estresara demasiado. Gracias, Ramón. Vetea descansar un rato, yo me quedo a hacer la guardia en la primera parte de la noche.
- Nono, sabes que no puedo hacer eso. Usted debe disfrutar de la noche con su familia. Si se queda un momento aquí, iré a buscar algo de comida. - Ramón asintió hacia Esteban y se retiró por la puerta trasera.
Sofía y Esteban se quedaron solos frente al box de la yegua, apoyados en la madera oscura.
- Son hermosos -murmuró Esteban, observando a la yegua que lo miraba con grandes ojos oscuros antes de volver a masticar su ración de heno-¿Son todos pura sangre?
Esteban preguntó si estos caballos eran de carreras, imaginando que la fortuna de los De la Vega se invertía en los hipódromos más exclusivos del mundo.
- Algunos sí, otros no -respondió Sofía, sin apartar la vista del animal- Tenemos líneas de sangre muy antiguas que mi madre recuperó cuando empezó con la clínica. Pero nosotros no los enviamos a competir en carreras de velocidad. El ambiente del hipódromo es... muy duro. Muy comercial. Nosotros solo los criamos. Los entrenamos para salto clásico, o simplemente para que sean buenos compañeros de monta para terapias.
Sofía acarició la madera del box, y su voz adquirió un tono de melancolía que Esteban no había escuchado antes en ella.
- Aunque, admito que me cuesta mucho dejarlos ir -confesó ella, mirándolo de reojo- Cuando llega el momento de vender a un potrillo después de haberlo visto nacer, de haberle enseñado a confiar en los humanos... siento que estoy vendiendo una parte de mi familia.
Esteban la observó, cautivado por la vulnerabilidad que ella le estaba mostrando. En la oficina, Sofía había sido un huracán que lo había defendido de Thiago. Aquí, era una protectora sensible.

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