Capítulo 263
CAPÍTULO 179
Alexander de la Vega se despidió con un apretón de manos del último grupo de inversores que había logrado acorralarlo cerca de la barra. Había pasado las últimas dos horas recibiendo felicitaciones por su retiro y garantizando, con esa sonrisa corporativa que tan bien dominaba, que la empresa quedaba en excelentes manos bajo la dirección de la nueva generación.
Pero su mente no estaba en los negocios.
Escaneó la multitud buscando la figura que, era su centro de gravedad.
Notó que su esposa estaba sola. Lucía se había apartado del bullicio y se encontraba de pie en una de las terrazas de madera anexas a la casa principal.
Subió los escalones de madera en silencio y se colocó a su lado, apoyando los antebrazos en la barandilla. El aire nocturno le revolvió el cabello plateado en las sienes.
- ¿Qué tanto miras, cariño? -preguntó Alexander, con voz baja y suave, invadiendo su espacio de la mejor manera posible.
Lucía no se sobresaltó. Sonrió, inclinando ligeramente la cabeza hacia el hombro de él.
- Lo observo todo, Alexander -respondió ella, con un tono reflexivo- Observo a nuestros hijos, que ya no son los niños que dormían en el suelo de mi apartamento. Observo a nuestros sobrinos intentando encontrar su lugar. A tus padres. Y te observo a ti, intentando no dirigir la empresa desde lejos.
Alexander soltó una risa nasal, admitiendo la culpa.
Ambos miraron hacia la carpa. Lejos de la multitud se veía la figura de Mateo junto a Samanta.
- Es muy bella -dijo Alexander de repente, siguiendo la mirada de su esposa.
Lucía asintió, sabiendo exactamente a quién se refería.
- Lo sé. Cuando la vi bailar... entendí muchas cosas. Tiene una fuerza magnética. Es etérea, pero a la vez parece cargar un peso enorme sobre los hombros.
- Entiendo por qué Mateo está tan obnubilado con ella -continuó Alexander, frunciendo el ceño levemente- Es el tipo de mujer que llama la atención en cualquier lugar. Especialmente en el ambiente en el que él la encontró.
Lucía captó el matiz crítico en la voz de su marido.
Se giró hacia él, cruzándose de brazos.
-¿Y por qué la juzgas, Alexander?
- No la juzgo, Lucía. Soy realista -se defendió él, sosteniendo su mirada- El chico es el heredero de un imperio. Y ella es una bailarina de un cabaret de dudosa reputación. No es una buena combinación.
- Lo cierto es que no conocemos a la joven -le recordó Lucía con firmeza- No sabemos su historia. No sabemos por qué baila ahí o qué opciones tuvo en la vida. Y Mateo sí la conoce. O al menos, lo está intentando.
- Ir a verla noche tras noche a un cabaret no quiere decir que la conozca, Lucía -rebatió Alexander, usando la lógica fría- Conocer a alguien en la oscuridad de un club, rodeado de humo y alcohol, pagando por verla... eso es una obsesión, una fantasía. No es conocerla realmente. La realidad se ve a la luz del día, cuando hay que pagar cuentas o enfrentara la familia.
- No por eso tenemos que juzgarla ni asumir lo peor-insistió Lucía, apoyando una mano sobre la de él- A mí me pareció una joven agradable.
Cuando hablé con ella antes del show, estaba asustada, Alexander. Estaba aterrada de estar aquí.
Alexander suspiró, sabiendo que discutir de empatía con Lucía era una batalla perdida de antemano. Y, en el fondo, amaba que ella fuera así.
- Tú siempre miras el lado bueno de todos, Lucía -dijo él, rindiéndose y besando su frente- Es tu don y tu maldición. Supongo que si tú confías en el criterio de Mateo, tendré que darle el beneficio de la duda a la bailarina.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.