Capítulo 264
CAPÍTULO 180
Mateo de la Vega mantenía la mirada fija en la puerta de la habitación de su hermana.
Su corazón latía con un ritmo pesado y constante.
Había prometido esperar.
Finalmente, el suave clic del pestillo rompió la quietud. La puerta de la habitación de Sofía se abrió lentamente.
Samanta salió.
Ya no era el cisne blanco y etéreo que había dejado al público sin aliento en la pista de baile, ni la seductora envuelta en gasa del Club Velvet.
Llevaba unos jeans ajustados, zapatillas desgastadas y una camisa de botones sencilla y algo grande. Su cabello oscuro volvía a caer suelto sobre sus hombros, y se había quitado la mayor parte del maquillaje teatral, dejando al descubierto unas pecas tenues sobre la nariz y una expresión de agotamiento profundo.
Mateo se enderezó de inmediato, separándose de la pared.
- Hola de nuevo -dijo él, su voz apenas un susurro en la penumbra del pasillo.
Samanta se abrazó a sí misma, aferrando las asas de su bolso deportivo. Evitó mirarlo directamente a los ojos, sintiendo que la burbuja de la actuación se había roto y la realidad volvía a golpearla.
- Hola, Mateo -respondió ella, con un tono neutro que intentaba desesperadamente ocultar el temblor de sus manos- Gracias por esperar, pero no era necesario. Voy a pedir un auto de aplicación. Imagino que tardará un rato en llegar hasta aquí, así que esperaré en la entrada, cerca del portón.
Hizo ademán de caminar hacia las escaleras, pero Mateo dio un paso, bloqueando sutilmente su camino sin llegar a tocarla.
- No, nada de eso -dijo él, con una firmeza que la sorprendió-¿Por qué te vas a ir?
Samanta soltó una risa corta, carente de humor.
- ¿Por qué me voy a ir? Mateo, mírame. Mira a tu alrededor. -Señaló su ropa y luego hacia la ventana que daba a la fiesta iluminada- No pertenezco aquí. Mi trabajo terminó cuando paró la música.
- Tu trabajo quizás, pero tú no eres solo un trabajo, Samanta. Siéntate a comer con nosotros.
Conmigo.
- ¿Cómo crees, Mateo? -Samanta negó con la cabeza, retrocediendo un paso, sintiendo que el pánico volvía a subir por su garganta- No tengo la ropa adecuada para una fiesta como esta. Están los directivos de tu empresa, tu familia, mujeres con vestidos de seda y joyas... Yo parezco alguien que vino a limpiar los establos. Seré el hazmerreír de la noche. Y tú serás el centro de los chismes.
Mateo acortó la distancia entre ellos. Sus ojos oscuros, habitualmente analíticos y fríos en la oficina, ahora reflejaban una vulnerabilidad y una sinceridad que Samanta no había visto nunca en un hombre de su posición.
Liegaron a una pequeña mesa de hierro forjado, escondida bajo las ramas frondosas de un viejo roble, iluminada únicamente por la luz de la luna y el resplandor lejano de la fiesta.
- Siéntate aquí -dijo Mateo, retirando una de las sillas para ella- Nadie nos verá en este rincón.
Espérame, iré a buscar algo de comer y tomar.
Vuelvo enseguida. No te vayas, por favor.
Samanta se sentó, abrazando su bolso sobre sus rodillas. Asintió, viéndolo alejarse hacia la zona de servicio con paso rápido.
Al quedarse sola en la penumbra del jardín, la duda volvió a asaltarla. Héctor le había ordenado acercarse a los de la Vega, si, pero no de esta manera. No en la intimidad. No mostrando sus heridas. Sabía que estaba jugando con fuego.
Dudó en irse. Miró hacia el sendero de grava que llevaba al portón principal. Podría levantarse ahora, correr hacia la carretera y perderse en la noche. Sería lo más seguro. Lo más inteligente.
Pero le ganaron sus sentimientos. El anhelo de quedarse cerca de Mateo, aunque fuera por una sola noche, fue más fuerte que el miedo a Héctor.
<<Solo esta noche», se dijo a sí misma, cerrando los ojos y respirando el aire puro del campo.
«Mañana volveré a la jaula. Pero esta noche, quiero ser yo».

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.