Capítulo 265
CAPÍTULO 181
Al poco tiempo Mateo regresó con dos platos rebosantes de carne asada, ensalada rústica y dos cervezas frías.
- Listo ya nos podemos sentar a cenar a la luz de la luna -dijo él, con una sonrisa triunfal, dejando la comida sobre la mesa de hierro.
Samanta no pudo evitar sonreír.
- Gracias -dijo ella, tomando una de las cervezas - Se ve delicioso.
Comieron en un silencio cómodo durante los primeros minutos, disfrutando de la comida caliente y de la cerveza fría.
Mateo dejó su tenedor y la miró, la luz de la luna delineando el perfil de ella.
- Estuve pensando en lo que me dijiste en el pasillo, arriba -comenzó él, con un tono suave y cauteloso, no queriendo romper el encantoSobre tu lesión en el pie.
El rostro de Samanta se ensombreció levemente, pero no se cerró.
- No hay mucho que pensar, Mateo. Es una tendinitis crónica mal curada. Gajes del oficio.
- Creo que deberías ver a algún médico especialista que revise tu lesión -sugirió él, inclinándose hacia adelante con fervor- Mi madre conoce a los mejores traumatólogos del país podría ayudarte. Si tu mayor anhelo es el baile clásico, no deberías rendirte por un diagnóstico viejo. En serio lo haces muy bien, Samanta.
Volabas ahí afuera. Tienes un talento que no debería estar escondido en un club oscuro.
Samanta sintió un nudo en la garganta. La fe que él tenía en ella era abrumadora, y a la vez, dolorosa. Porque él no entendía que el problema no era solo el pie; el problema era la deuda, era Héctor.
- Mateo, te lo agradezco, de verdad. Pero es complicado. El ballet exige un tiempo y un dinero que no tengo. -Ella negó con la cabeza, buscando desviar la conversación- Mejor no hablemos de eso. Es un sueño muerto. No arruinemos la noche con mis tragedias médicas.
Mateo captó la barrera y retrocedió, respetando sus límites.
- Está bien. Hablemos de lo que quieras, Samanta. No quiero agobiarte.
- Pues háblame de ti -propuso ella, dándole un sorbo a su cerveza para ganar confianza-. Tu familia... es intensa. Se nota que están muy unidos, pero también que hay mucha presión.
Cuéntame cómo fue tu infancia. Debe ser extraño crecer sabiendo que vas a heredar enormes fortunas.
Mateo soltó una risa seca, jugando con la etiqueta de su botella.
- No siempre fue así. Mi infancia fue dura al principio. Muy dura.
Samanta arqueó una ceja, sorprendida.
- ¿Dura? Mateo, naciste siendo un de la Vega. La peor dureza que debes haber pasado es que te compraran el modelo equivocado de consola de videojuegos en Navidad.
- Ese es el detalle, Samanta -dijo él, mirándola a los ojos con una vuinerabilidad que lo desnudó por completo- Yo no nací siendo un de la Vega.
Samanta dejó la botella sobre la mesa.
-¿Qué quieres decir?
- Mi infancia fue fría, vacía y llena de hambre.
- No hay mucho por decir, Mateo. Solo que...
bueno, no tuve la misma suerte que vos y tu hermana. También tuve una infancia dura. Muy dura. Y mis salvadores no venían en limusinas blancas a ofrecerme amor.
La amargura en su voz fue innegable. Mateo sintió el impulso de abrazarla, de prometerle que él arreglaría todo, pero sabía que eso solo la asustaría más. Optó por una táctica diferente.
Optó por la normalidad.
- Sino quieres hablar de ello, hablemos de temas más agradables -dijo Mateo, con una ternura que le derritió el hielo del pecho a Samanta-Quiero saber más de ti. De la Samanta que no baila.
Quiero saber cuál es tu color favorito. Tu estación favorita del año. Si prefieres la montaña y el frío, o las playas con calor. Cosas así. Cosas simples.
Samanta lo miró, incrédula al principio, pero luego una sonrisa genuina, timida y hermosa, iluminó su rostro en la penumbra del jardín.
- ¿Mi color favorito? -preguntó ella, como si estuviera desempolvando un recuerdo antiguo.
- Sí. Empieza por ahí.
- El amarillo-confesó ella en un susurro, sintiéndose extrañamente ligera- Porque me recuerda a la luz del sol cuando entra por la ventana. Prefiero la playa. Me gusta el sonido del mar.
- Amarillo y playa -repitió Mateo, grabando cada palabra en su memoria- Anotado. Yo prefiero el invierno y la montaña. Y mi color es el azul oscuro.
- Aburrido y corporativo -bromeó ella, soltando una risa suave.
- Oye, el azul transmite confianza -se defendió él, riendo también-. Soy un hombre de fiar, Samanta. Te lo prometo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.