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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 268

Capítulo 268

CAPÍTULO 184

<<Me gustas mucho, Sofía».

El éxtasis del nacimiento del potrillo, la adrenalina de haber actuado como partera improvisada bajo la mirada atenta de su madre, la confesión inesperada de Esteban y el beso habían borrado de su mente el otro gran evento de la noche.

Samanta.

El recuerdo del sobre de papel manila, oculto en la guantera de su Jeep, la asaltó de golpe. Sofía abrió los ojos desmesuradamente, llevándose una mano a la frente manchada de sudor y polvo.

Había olvidado por completo a la bailarina.

Peor aún: había olvidado el trato que cerró con su representante.

- ¡Maldición! -exclamó Sofía, rompiendo la burbuja de intimidad que se había creado junto a Esteban.

Esteban dio un paso atrás, confundido y algo decepcionado, pensando que su confesión había sido el motivo de la exclamación.

- ¿Sofia? ¿Dije algo malo?

- No, no, tú no -se apresuró a aclarar ella, agarrándole el brazo por un segundo para tranquilizarlo- Tú estuviste perfecto. Pero acabo de recordar algo urgente. Un asunto... que tengo que resolver ahora mismo antes de que alguien se vaya.

Sofía miró hacia la gran carpa iluminada a lo lejos, donde la música seguía sonando, y luego hacia la zona de la casa principal.

- Se me olvidó por completo el pago del show - murmuró para sí misma, frustrada por su propio descuido. Se giró hacia Esteban, con los ojos brillando de urgencia- Esteban, escúchame.

Espérame aquí. Por favor. No te vayas. Solo dame diez minutos, voy y vueivo. ¿Me esperas?

Esteban, aún asimilando el torbellino que era la heredera de la finca, asintió lentamente, relajando los hombros al saber que no había sido rechazado.

- Aquí estaré.

Sofía le dedicó una sonrisa rápida y agradecida, y salió disparada hacia la oscuridad, corriendo sobre la hierba húmeda en dirección al garaje de la casa principal, sacando su teléfono móvil del bolsillo de su pantalón mientras corría.

Marcó el número de su hermano. El tono dio un par de veces, y Sofía rogó internamente para que la música de la carpa no le impidiera escuchar.

-¿Sofia? ¿Qué quieres? -respondió la voz de Mateo. Sonaba tensa, alerta.

- Mateo, soy yo-dijo ella, respirando agitadamente-¿Dónde estás? ¿Samanta ya se fue?

- Casi -respondió él, y de fondo se escuchaba el sonido de grava crujiendo bajo pasos lentos-Nos estamos por subir al coche para llevarla a su casa.

- ¡Espérame! -gritó Sofía, acelerando el pasoNo te vayas, por favor. Detén el auto. Voy para allá ahora mismo.

- Sofía, es tarde, ella está cansada y yo...

- ¡Diez segundos, Mateo! No arranques.

Sofía cortó la llamada y esprintó el último tramo hasta la zona de aparcamiento privado de la finca.

Corrió hacia su coche, abrió la puerta del conductor y abrió la guantera. Allí estaba el sobre grueso de papel manila. Lo sacó y cerró la puerta de un golpe.

Giró sobre sus talones y corrió hacia el deportivo negro de Mateo, cuyas luces traseras rojas ya estaban encendidas, iluminando la silueta de dos personas junto a las puertas abiertas.

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