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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 270

Capítulo 270

CAPÍTULO 186

Mateo conducía con la vista fija en la carretera, sus manos apretando el volante con una fuerza que delataba la tormenta que se libraba en su interior. A su lado, en el asiento del copiloto, Samanta îba envuelta en el saco del traje de él.

Habían estado en silencio durante los primeros kilómetros. No era un silencio incómodo, sino uno cargado de palabras no dichas, de disculpas silenciosas y de un anhelo que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

Cuando las primeras luces de los suburbios iluminaron el interior del coche, Mateo finalmente rompió la quietud. Su voz, grave y suave, cortó el aire acondicionado.

- ¿A dónde te llevo, Samanta?-preguntó él, sin mirarla directamente, temiendo romper el frágil hechizo de la noche.

Samanta miró las luces de la calle pasar como estrellas fugaces. Pensó en su pequeño y húmedo apartamento en la zona sur. Pensó en la puerta despintada, en la cama hundida y en la constante paranoia de encontrar a Héctor esperándola acostado en su cama.

Volver allí significaba volver a la jaula. Significaba que la magia en el jardín se desvanecería.

Cerró los ojos por un segundo. La advertencia de Héctor martilleaba en su mente: <Mantenlo cerca.

Dale esperanzas».

Pero esta noche, solo por esta noche, Samanta estaba decidida a ser egoísta. Estaba decidida a disfrutar, a robarle unas horas a su propia tragedia para vivir el cuento de hadas que nunca había tenido.

Abrió los ojos, se giró hacia él y, sin dudar, pronunció las palabras que cambiarían el rumbo de ambos.

- Vámonos a tu casa, Mateo.

El coche pareció dar un ligero respingo bajo las manos de Mateo. Él la miró de reojo, sus ojos oscuros buscando en el rostro pálido de ella cualquier rastro de burla o arrepentimiento. No encontró ninguno. Solo vio una decisión firme y un deseo que le devolvía el reflejo del suyo propio.

No hizo preguntas. No pidió explicaciones. Asintió una sola vez, apretó el acelerador y condujo en silencio hasta su edificio.

El acceso fue rápido, silencioso y discreto.

Al entrar, la inmensidad del lugar los recibió. El apartamento de Mateo era un reflejo de su mente:

ordenado, minimalista, de líneas limpias y colores fríos, dominado por un ventanal de piso a techo que ofrecía una vista panorámica de la ciudad dormida.

Se quedaron de pie en el vestíbulo, a un metro de distancia. La tensión que había estado latente en el coche, en el jardín de la finca y durante meses en el Club Velvet, ahora llenaba la habitación, densa y palpable.

La cama, inmensa y blanca, parecía un altar de paz en medio del caos de sus vidas.

Mateo la bajó con delicadeza, dejándola de pie frente a él. Con movimientos lentos, casi reverenciales, le quitó el saco que le había prestado, dejándolo resbalar por sus hombros hasta que cayó al suelo alfombrado.

Éi acarició su mejilla, trazando la línea de su mandíbula con el pulgar. Sus ojos oscuros estaban llenos de una adoración que Samanta nunca había recibido de ningún hombre. No la miraba como a una mercancía, ni como a un trofeo. La miraba como si ella fuera el aire que necesitaba para respirar.

Y en ese momento, mientras él besaba su cuello y sus manos descendían por su pecho para desabrochar la camisa, Mateo de la Vega tuvo una epifanía. Se dio cuenta, con una claridad cristalina y absoluta, de que no quería a otra mujer en su vida. No le importaba el Club Velvet, ni su representante, ni las diferencias de clase.

Samanta era la indicada. La única capaz de calmar la tormenta en su cabeza.

Para Samanta, el toque de Mateo era un bálsamo y un veneno a la vez. Sabía que esto era un error.

Sabía que entregarse a él era ceder a la trampa de su padre. Sabía que el amanecer traería la realidad y el dolor.

Pero, mientras él la recostaba sobre las sábanas frías, que pronto se calentaron con el calor de sus cuerpos, a ella no le importó. El miedo se disolvió en el calor de sus besos, en la urgencia de sus caricias. Se dejó llevar por la marea.

<<Solo será esta vez», se dijo a sí misma como un último mecanismo de defensa, antes de rendirse por completo. <Un recuerdo para cuando vuelva la oscuridad».

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