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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 271

Capítulo 271

CAPÍTULO 187

Se quedaron profundamente dormidos, enredados en las sábanas blancas, con la cabeza de Samanta apoyada en el pecho de Mateo, escuchando el latido acompasado de un corazón que, por primera vez en meses, latía en paz.

Samanta se despertó antes de que el sol lograra asomarse por el ventanal.

Abrió los ojos lentamente, sintiendo el calor del cuerpo de Mateo a su lado. Él dormía profundamente, con un brazo protectoramente colocado sobre su cintura. Su respiración era tranquila, y su rostro, despojado de la tensión del ejecutivo, parecía el de un niño grande y vulnerable.

El instinto de huida, su viejo compañero de supervivencia, se activó al instante.

La magia de la noche había terminado. La realidad la esperaba fuera de esa torre de cristal. Tenía que irse antes de que él despertara, antes de que las promesas de la mañana le hicieran creer que podía quedarse allí para siempre. Si se quedaba, Héctor lo usaría. Si se quedaba, lo mancharía con su propia suciedad.

Con un cuidado extremo, como si estuviera desactivando una bomba, Samanta deslizó el brazo de Mateo fuera de su cintura. Él se movió ligeramente, murmurando algo ininteligible en sueños, pero no despertó.

Samanta se levantó en silencio. La alfombra mullida amortiguó sus pasos. Encontró su гора esparcida por la habitación y comenzó a vestirse con rapidez, luchando contra el nudo de lágrimas que se le formaba en la garganta.

Se abrochó la camisa, se puso los jeans y los zapatos, tomó su bolso.

Antes de salir de la habitación, se detuvo junto a la cama.

Mateo seguía durmiendo. Se veía tan en paz.

Ella se inclinó sobre él y, rozando apenas su piel para no despertarlo, le dio un pequeño beso en los labios. Un beso que sabía a despedida, a gratitud y a un amor que nunca podría confesar en voz alta.

- Adiós, Mateo -susurró, con la voz ahogada.

Salió de la habitación en punta de pie, cruzó el vestíbulo y llamó al ascensor privado. Las puertas se cerraron, llevándola de regreso al nivel de la calle, devolviéndola al mundo real.

Salió del edificio. El aire de la mañana era frío y cortante. Caminó un par de cuadras rápido, mirando por encima del hombro, como si esperara que Mateo bajara corriendoa detenerla, pero la calle estaba vacía.

Llegó a una avenida principal y, mientras esperaba un taxi, sintió el bulto del sobre en su bolso. El sobre de papel manila que Sofía le había entregado en la finca.

Samanta metió la mano en el bolso y lo sacó.

Estaba sellado. No lo había abierto desde que se lo dieron, demasiado abrumada por los eventos de la noche y la prisa por irse.

Recordó las palabras de la hermana de Mateo:

"Este es el saldo. El resto del pago por tu talento".

¿Por qué? ¿Por qué Héctor pediría tanto dinero a una familia específica? No era solo avaricia; Héctor sabía exactamente quiénes eran los dueños de esa finca desde el principio.

Samanta cerró el sobre con violencia, apretándolo contra su pecho. La furia, caliente y cegadora, reemplazó a la tristeza de su huida.

Había sido una marioneta toda su vida. Había bailado al ritmo de las deudas de su padre adoptivo, soportando amenazas y humillaciones.

Pero esto... usarla para extorsionar a la familia del hombre que la amaba, ponerla en la posición de ser vista como una estafadora ante los ojos de Mateo y Sofía... eso cruzaba una línea sin retorno.

Apretó los dientes, y la determinación borró la vulnerabilidad de su rostro.

Ya no iba a esconderse. Ya no iba a obedecer las órdenes del hombre de traje gastado.

Subió al primer taxi que se detuvo.

- ¿A dónde, señorita? -preguntó el conductor.

Samanta le dio la dirección del Club Velvet, y luego la dirección de su propio apartamento.

- Lléveme a casa -dijo, con la voz endurecida como el acero-. Tengo una conversación pendiente. Héctor me escucharía esta vez.

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