Capítulo 272
CAPÍTULO 188
El taxi dejó a Samanta a una cuadra de su edificio.
Subió las escaleras con el sobre de papel manila ardiendo en su bolso.
Introdujo la llave en la cerradura, pero la puerta cedió antes de girar.
Estaba abierta.
Samanta empujó la madera astillada y entró, dejando su bolso sobre la pequeña mesa de la entrada. El apartamento estaba en penumbras, con las cortinas gruesas bloqueando la luz del día.
Caminó hacia su dormitorio.
Allí, sentado en el borde de su cama sin hacer el menor intento de ocultarse, estaba Héctor. Estaba fumando un cigarrillo, usando una taza vacía como cenicero.
- La noche resultó perfecta, ¿no es así? -dijo Héctor a modo de saludo, exhalando una nube de humo hacia el techo desconchado- Mejor de lo que lo planeé, debo admitir. Un final digno de una obra de teatro.
Samanta se detuvo en el umbral de la puerta, cruzándose de brazos, intentando controlar el temblor de su cuerpo. No era miedo, era indignación pura.
- Sabías muy bien a dónde iba desde el principio -le espetó ella, con la voz cargada de venenoSabías que era la casa de los de la Vega. Sabías que él iba a estar allí. Y no me dijiste nada. Me mandaste a la boca del lobo a ciegas.
Héctor soltó una risa seca, desprovista de cualquier empatía.
- No necesitabas esa información, princesa. -Dio una calada al cigarrillo- Si te lo decía, te habrías acobardado. Habrías empezado con tus lloriqueos morales y habrías arruinado la actuación.
Necesitaba que fueras vulnerable. Necesitaba que te vieran como el cisne asustado. Y por lo visto funcionó a la perfección. No volviste a dormir aquí.
El rostro de Samanta se endureció.
- En esa casa... -comenzó Héctor, poniéndose de pie lentamente, aplastando el cigarrillo en la taza- resultaron ser de poca palabra, ¿sabes? La señorita de la Vega quedó en que me traería tu paga al finalizar el show. Me hizo esperar en el callejón como un idiota y no lo hizo. Nunca llegó.
Héctor se encogió de hombros, fingiendo desinterés.
- Debo confesarte que no hay paga, Samanta. Al parecer, a los millonarios se les olvida abrir la billetera cuando la fiesta termina. -La miró de arriba abajo, evaluando su vestido de gasa arrugado- Aunque... a juzgar por la hora a la que llegas creo que no lo necesitas. Te fue muy bien anoche. Supongo que Mateo de la Vega es un pagador más directo.
El insulto implícito hizo que Samanta viera rojo.
- Siempre tan embustero -siseó ella, caminando hacia él con una firmeza que lo sorprendió. Metió la mano en su bolso, sacó el grueso sobre de papel manila y se lo tiró al pecho con violenciaSolicitaste una cifra de dinero absurda. Una extorsión disfrazada de ballet.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.