Capítulo 274
CAPÍTULO 190
Mateo abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la claridad. Una sonrisa suave y perezosa curvó sus labios al recordar la noche anterior.
Con los ojos aún medio cerrados, Mateo extendió el brazo hacia el lado izquierdo de la inmensa cama, buscando el calor del cuerpo de ella, esperando enredar sus dedos en ese cabello oscuro que.
Mateo frunció el ceño, abriendo los ojos de golpe.
Se incorporó sobre un codo, sintiendo que la sonrisa se le congelaba en el rostro.
El lado izquierdo de la cama estaba vacío. Las sábanas estaban revueltas, conservando la forma de donde ella había dormido, pero el calor humano ya se había disipado.
- ¿Samanta? -llamó él, con la voz ronca por el sueño, pensando que quizás estaba en el baño.
Se levantó rápidamente, ignorando el frío del suelo sobre sus pies descalzos. Se puso unos pantalones de chándal y comenzó a recorrer el apartamento.
Abrió la puerta del baño principal. Vacío.
Caminó por el pasillo hacia la cocina de concepto abierto, esperando encontrarla preparando café o mirando por el ventanal. La cocina estaba inmaculada, tal como la había dejado la noche anterior.
Revisó el vestíbulo, la sala de estar, incluso el cuarto de invitados.
No estaba.
Samanta se había ido.
Corrió de vuelta a la habitación principal. Su mirada se dirigió instintivamente a la silla donde ella había dejado su ropa y su bolso de lona.
Estaba vacía. No había ninguna nota en la mesita de noche, ninguna señal de despedida.
Había huido.
Otra vez.
Caminó hacia la mesita de noche, tomó su celular y desbloqueó la pantalla con urgencia. El reloj marcaba las 11:30 AM.
Abrió la aplicación de contactos y buscó el nombre "S". Sus pulgares temblaban ligeramente mientras presionaba el ícono de llamada.
Se llevó el teléfonoa la oreja, escuchando el tono de marcado.
Uno, dos, tres, cuatro tonos... y luego, la voz metálica del buzón de voz.
- Samanta, soy Mateo -dijo él, intentando que su voz sonara calmada, aunque la desesperación era evidente- Desperté y no estabas. Por favor, llámame cuando escuches esto. Solo quiero saber que llegaste bien. Llámame.
Colgó. Esperó cinco minutos y volvió a marcar.
El resultado fue el mismo.
Le envió tres mensajes de texto seguidos:
[¿Estás bien?] [Hablemos, por favor. No te vayas así.] [Solo dime que estás a salvo.] Los mensajes se quedaron con un solo tick. Ni siquiera habían sido entregados a la red. Samanta tenía el teléfono apagado.
Mateo tiró el celular sobre la cama con frustración.
Necesitaba encontrarla. Pero el problema, el terrible y absurdo problema que lo golpeó con la fuerza de un mazo, era que no tenía idea de dónde empezar a buscar.
Se dio cuenta, con una vergüenza paralizante, de que a pesar de estar profundamente enamorado de ella, apenas conocía la superficie de su vida.
No sabía su apellido completo. No sabía la dirección de su casa. No conocía el nombre de ninguna de sus amigas, si es que las tenía.
Lo único que conocía de Samanta era el lugar donde bailaba.
Eran las dos de la tarde cuando Mateo estacionó su coche frente al club Velvet.
De día, el club no era el mismo.
La pesada puerta principal de madera estaba cerrada con un candado de metal grueso, pero Mateo conocía la rutina de los locales nocturnos.
Rodeó el edificio y se adentró en el estrecho callejón lateral, el mismo callejón por donde Sofía había negociado con Héctor días atrás.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.