Capítulo 276
CAPÍTULO 192
El sonido suave de unos nudillos golpeando la puerta lo sacó de su bucle de pensamientos.
Mateo se frotó los ojos y se enderezó en la silla.
- Adelante -dijo, esperando ver a su asistente con el informe del mediodía.
La puerta se abrió.
No era su asistente. Era su madre.
Mateo se puso de pie rápidamente.
- ¿Mamá? -preguntó, rodeando el escritorio para recibirla-¿Qué haces aquí? No te esperaba.
Lucía sonrió, dándole un beso en la mejilla y un abrazo breve pero apretado.
- Hola, mi amor. Sorpresa. Tu hermana quiso venir a la empresa por un asunto... personal, y decidí acompañarla. Aproveché para hacer algunas diligencias en el centro y, de paso, ver cómo está mi director favorito.
Mateo frunció el ceño, intrigado.
- ¿Sofía aqui? ¿En VegaCorp? Eso sí que es noticia. ¿Y qué está haciendo? Pensé que era alérgica a este edificio.
Lucía soltó una risita suave y se sentó en una de las sillas frente al escritorio de su hijo.
- Digamos que está superando sus alergias corporativas.
Mateo iba a seguir preguntando, pero Lucía, siempre directa y práctica, no le dio tiempo.
- Pero no toquéa tu puerta para hablar sobre tu hermana, Mateo -dijo Lucía, cambiando el tono a uno más serio y privado- Sofía sabe cuidarse sola.
Mateo se apoyó en el borde de su escritorio, cruzándose de brazos, a la defensiva instintivamente.
- Entonces... ¿sobre qué quieres hablar, mamá?
¿Algún problema con la finca?
Lucía negó con la cabeza.
- Quiero hablar sobre ti, Mateo. Sobre ti y esa chica.
El nombre no pronunciado quedó suspendido en el aire.
- Samanta -dijo él, pronunciando su nombre casi como un reto.
- Sí. Samanta.
Mateo suspiró, pasándose una mano por el cabello, imitando el gesto de frustración de su padre.
- Mamá, por favor. ¿Vos también vas a venir a hablarme como papá? Porque te juro que no tengo energía para otro sermón sobre cómo estoy arruinando mi vida, avergonzando el apellido o perdiendo el tiempo con una mujer que "no es de nuestro mundo".
Lucía no se ofendió por el tono áspero de su hijo.
- Es noble que quieras ayudarla, hijo -dijo Lucía con cautela- Pero no puedes comprar su libertad si ella no te la pide.
- No se trata de comprarla. -Mateo se enderezó - Es más, quiero que me ayudes con algo concreto. Ella no baila en el club porque quiera; lo hace porque no puede hacer otra cosa. Tiene una lesión crónica en el pie que le impide hacer ballet clásico, que es su verdadera pasión. Por eso perdió una beca importante. Quiero que me ayudes a buscarle un médico que le revise esa lesión. Sé que tú conoces a los mejores cirujanos ortopédicos del país por tu trabajo con los caballos de salto. La medicina deportiva aplica igual.
Lucía se quedó callada un segundo, evaluando la petición.
Una sonrisa suave y orgullosa se dibujó en sus labios.
- Conozco al médico indicado -asintió Lucía- Te pasaré su contacto esta misma tarde. Puedes decirle que va de mi parte, la atenderá sin hacer preguntas.
- Gracias, mamá. Te lo agradezco en el alma. Si logro que vuelva a bailar ballet, quizás... quizás no tenga que depender de ese club nunca más.
Lucía apretó los labios, sabiendo que tenía que decirle la parte difícil. Se levantó de la silla y se acercó a él, apoyando una mano cálida en su mejilla.
- Mateo, mirame -dijo Lucía con firmeza, obligándolo a sostener su mirada- Te daré el contacto del médico, y te apoyaré en todo lo que necesites. Pero hay algo que debes entender y aceptar desde hoy.
- ¿Qué cosa?
- Si ella no quiere salir de allí, no la puedes obligar. No puedes ser su salvador si ella no quiere ser rescatada por ti. -La voz de Lucía era un susurro lleno de experiencia- - Lo sabes, ¿no? -preguntó Lucía, acariciándole el cabello como cuando era un niño.
Mateo cerró los ojos por un segundo, asimilando la lección más dura que había recibido desde que asumió su cargo.
- Lo sé.
- Bien. -Lucía le dio un beso en la frente y tomó su bolso- Ahora, te dejo trabajar.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.