Capítulo 284
CAPÍTULO 200
Samanta había marcado el número de Sofía en un acto de pura desesperación, rezando para que la joven lograra llegar a tiempo para salvar a su hermano de la brutalidad de los matones de Héctor. Cuando la llamada finalmente se cortó, Samanta se dejó caer sobre la silla frente a su tocador, temblando incontrolablemente. La confirmación de que la ayuda iba en camino le ofreció un mínimo de consuelo, pero no lograba calmar el pánico que la consumía al imaginar a Mateo sangrando en el asfalto.
El pestillo de la puerta giró con un sonido metálico y afilado.
Héctor entró en el camerino.
- Esta vez solo le dejarán algunas marcas -dijo Héctor a modo de saludo, cerrando la puerta tras de sí con un movimiento lento y deliberado- Una advertencia para el señorito. Supongo que los de su clase no están acostumbrados a que el mundo real les devuelva los golpes.
Samanta se puso de pie, apretando los puños a los costados para no mostrarle debilidad. Su voz, aunque temblorosa, estaba cargada de rabia y asco.
-¿Qué hiciste, Héctor?-le reclamó ella, con lágrimas de impotencia en los ojos-¿No me habías pedido que me acercara a él? ¿No era ese tu gran plan? Atraerlo para sacarle dinero. ¿Y ahora lo mandas golpear?
Héctor soltó una carcajada seca, cruzándose de brazos mientras se apoyaba en el marco de la puerta.
-Sí, todavía quiero que te acerques a él, Samanta. O a cualquiera de los otros miembros de su familia que andan rondando este lugar. El plan no ha cambiado, princesa. Pero ese niño rico cree que puede venir a desafiarme en mi propio territorio, agarrarme del cuello y decirme cómo debo manejarte. Creyó que con un fajo de billetes podía comprarme la autoridad. Tuvo que aprender quién manda aquí.
Dio un paso hacia el tocador, invadiendo el espacio personal de ella.
- Y que te quede muy claro una cosa -siseó Héctor, bajando el tono de voz hasta convertirlo en una amenaza letal- Esta no es una advertencia sólo para él, sino para ti.
Samanta tragó saliva, retrocediendo un centímetro.
- ¿Para mí?
- Sí, para ti. -Héctor la señaló con un dedo acusador-No te atrevas a desafiarme, Samanta.
No intentes jugarme sucio ni hacerte la heroína tratando de salvarlo. He visto cómo lo mirabas esta noche. He visto cómo intentabas que se fuera. Si me traicionas, no te voy a atacar a ti. Si me fallas, atacaré con lo que más te duele. Iré por él. O por cualquiera que te importe.
Héctor se inclinó sobre el tocador, apoyando las manos en el mármol, y soltó una risa amarga y carente de humor.
- Ya me di cuenta de que lo hiciste todo mal, niña tonta -dijo él, negando con la cabeza con desprecio- El objetivo era que lo manipularas.
Que él se arrastrara por ti. Y míra el resultado: te terminaste enamorando de él, cuando era él el que tenía que caer bajo tus riendas y volverse dócil como un corderito. Te dejaste deslumbrar por su traje caro y sus palabras bonitas, y ahora estás sufriendo por un chico que, al final del día, volverá a su mansión a que le curen las heridas.
Samanta cerró los ojos por una fracción de segundo, sintiendo que el corazón se le partía. La acusación era cierta. Se había enamorado de Mateo.
- No estoy enamorada de él -mintió Samanta débilmente, intentando mantener una fachada que ambos sabían que estaba rota- Solo no quiero que maten a alguien por mi culpa.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.