Capítulo 296
CAPÍTULO 212
Mateo sí había viajado.
No era un viaje que debía realizar él personalmente. Podria haber enviado a su secretaria con un poder de representación, о incluso haberlo gestionado mediante una videoconferencia segura.
Esa misma noche, mientras Lucía dormía en la finca familiar Alexander decidió ir él mismo al Club Velvet para tratar de buscar respuestas.
A pesar de que ya era un hombre mayor, con el cabello plateado marcando su experiencia, Alexander no había perdido ni un ápice del atractivo intimidante que lo caracterizaba. Al contrario, los años habían añadido una gravedad a su porte que exigía respeto inmediato.
Condujo su coche hacia el distrito nocturno.
Aparcó frente al local nocturno, entregándole las llaves a un valet parking que, al ver la marca del coche y la mirada de hielo del conductor, se apresuró a abrirle la puerta con reverencia.
Caminó hacia la entrada del Club Velvet.
Alexander no hizo fila.
Caminó directamente hacia el cordón de terciopelo. Su presencia no pasó desapercibida en el club, ni siquiera en la acera.
El jefe de seguridad de la puerta, que estaba acostumbrado a lidiar con hombres de dinero que creían comprar el mundo, levantó la vista de su tableta. Iba a soltar su habitual discurso de el aforo está completo, pero las palabras murieron en su garganta al enfocar el rostro del hombre que se acercaba.
El hombre de seguridad no conocía a Alexander de la Vega en persona, pero conocía al tipo.
- Buenas noches, señor-murmuró el guardia, evitando el contacto visual directo.
Alexander no respondió. Entró al club.
El interior era un laberinto de humo dulce, música electrónica de bajos profundos y risas estridentes.
El lujo oscuro del lugar intentaba disimular la transaccionalidad de las relaciones que allí se daban.
Alexander caminó hacia la zona VIP, buscando una mesa estratégica.
Su entrada alteró la gravedad del lugar. Todos notaron la presencia de alguien tan importante y, sobre todo, con tanto dinero evidente. El aura de poder que irradiaba atrajo miradas como un imán.
Las mujeres que se encontraban en la barra, vestidas con sedas ajustadas y sonrisas de cazadoras, interrumpieron sus conversaciones para evaluarlo. Hacía mucho tiempo que Alexander no sentía tantas miradas femeninas sobre él, desnudándolo con interés comercial. Era un juego que en su juventud dominaba a la perfección.
Hoy, ese juego le resultaba vacío. No era tonto; sabía que solo buscaban dinero, estatus o un trago caro. Y él no buscaba diversión. Él quería información.
Héctor se pegó a la pared, sintiendo que el pánico lo paralizaba. No era el miedo a un cliente rico; era el terror ancestral de un hombre que se encuentra cara a cara con su verdugo veinte años después.
Héctor reconoció al instante al hombre que se había casado con Lucía. Al padre del chico al que él mismo había mandado a moler a golpes en el callejón trasero hacía unos días.
Se dio cuenta de la presencia de Alexander y supo, con una claridad aterradora, que no estaba allí por casualidad. No estaba allí para beber ni parа buscar compañía. Estaba allí buscando a Samanta.
Buscando respuestas por las heridas de su hijo.
El pánico se apoderó de Héctor. Si Alexander lo veía, si lo reconocía... la venganza de los de la Vega no tendría piedad. No se conformarían con una paliza; lo destruirían legalmente, lo borrarían del mapa, y toda su red de extorsión a Samanta quedaría al descubierto, perdiendo su única fuente de ingresos y su seguro de vida.
No podía permitir que lo viera.
Héctor retrocedió lentamente hacia la oscuridad del pasillo de los camerinos, fundiéndose con las sombras como una rata huyendo de la luz.
Como Samanta no estaba en el club esa noche, Alexander no podría hablar con ella. No habría conexión. El rastro se cortaba ahí.
Sabiendo esto, Héctor decidió que era mejor irse.
Abandonó su puesto en el pasillo, salió por la puerta de emergencia del callejón y huyó hacia la seguridad de los bares más sórdidos de la zona sur, dejando claro a los guardias de seguridad que no lo buscaran en toda la noche y que atendieran al hombre recién llegado como corresponde, sin causarle el menor problema que pudiera atraer atención no deseada.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.