Capítulo 297
CAPÍTULO 213
Alexander se sentó y esperó a ver si aparecía la chica. La habia visto el dia de la fiesta en la finca, la reconocería. La famosa Samanta, la obsesión de Mateo.
El telón de terciopelo carmesí se abrió.
Comenzó la primera presentación. Una joven rubia con un traje de lentejuelas hizo una rutina de acrobacias que arrancó aplausos de los hombres en la primera fila. Alexander ni siquiera parpadeó.
Esa no era ella.
El tiempo se arrastraba entre humo y luces estroboscópicas.
La segunda presentación fue un número grupal.
Tampoco estaba ella.
Cuando pasaron dos presentaciones completas y el reloj marcó casi la una de la madrugada, la impaciencia de Alexander comenzó a transformarse en sospecha. Algo no cuadraba.
Según sabía, Samanta era el acto principal, la estrella indiscutible del lugar. No podía no presentarse en una noche con tanta gente presente.
Alexander levantó la mano. El mismo camarero solícito apareció en un segundo.
- Señor. ¿Desea otra ronda?
- No. Quiero información -dijo Alexander, deslizando otro billete de cien dólares bajo su vaso vacío- Pregunto por Samanta. La bailarina principal. ¿A qué hora sale?
El camarero miró el billete, dudando un instante, y luego bajó la voz, adoptando un tono confidencial.
- Lo siento mucho, señor. Pero Samanta no está esta noche.
-¿No está? -Alexander frunció el ceño, el instinto de alerta disparándose en su cerebro corporativo-¿Tuvo algún problema?
- No tengo mucha información sobre ella, solo que no se ha estado presentando -explicó el camarero, apresurándose a dar la información por miedo a que el magnate se molestara- El gerente nos avisó que no la pusiéramos en la cartelera.
Dicen que estaba enferma. Un virus fuerte, o algo así. No ha pisado el club en toda la semana.
Alexander asintió, procesando la información con frialdad analítica.
«<Cinco noches», pensó.
Exactamente el mismo tiempo que Mateo ha estado evitando ir a la oficina.
Eso era raro, pensó Alexander. Demasiada coincidencia.
El nombre resonó en el pasillo como una maldición.
-¿Héctor? -Alexander frunció el ceño.
- Él es quien maneja su agenda, sus contratos y, básicamente, su vida. Es una rata escurridiza, pero es el único que tiene la llave de su puerta. - La mujer miró hacia el final del pasillo- Pero hoy no vas a tener suerte. Héctor es como la sombra de Samanta: si su chica no está, él tampoco aparece. No viene a cobrar si no hay nada que mostrar.
Alexander apretó la mandíbula. El cerco se cerraba. Un representante controlador, una estrella desaparecida y un hijo golpeado.
- ¿Sabe dónde puedo encontrar a ese Héctor?
- Nadie sabe dónde vive ese hombre. Aparece en las sombras y se va con el dinero. -La mujer le lanzó una mirada de advertencia- Si fuera tú, daría media vuelta. Héctor no es un tipo con el que quieras negociar sin guardaespaldas.
Alexander asintió, dándose cuenta de que no obtendría más información allí. Sacó un billete del bolsillo y lo dejó sobre la mesa de apoyo en el pasillo.
- Gracias por tu tiempo -dijo Alexander, con una cortesía gélida.
Salió del club a la madrugada.
Había entrado buscando a la obsesión de su hijo, esperando encontrar a una oportunista. Pero se iba con la imagen de una prisionera de lujo.
- Así que Héctor... -murmuró Alexander, encendiendo el motor con un rugido que hizo eco en el callejónAlexander arrancó el coche y se alejó a toda velocidad.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.