Capítulo 299
CAPÍTULO 215
- Vámonos juntos, Samanta. Ese papeleo lo puedo hacer personalmente -dijo Mateo, y una sonrisa audaz, casi infantil, curvó sus labios magullados- Puedo decirle a mi secretaria que cancele sus billetes, que iré personalmente. Así me libraría de varios cuestionamientos en la oficina, de las miradas de mi padre, de las preguntas de Sofía... y tendría la excusa perfecta para desaparecer del radar de todos por un par de días.
Samanta lo escuchaba, fascinada y asustada a partes iguales.
- Mateo... ¿a dónde quieres llegar?
Mateo le tendió la mano sana.
- Acompáñame -repitió él, sin rodeos, sin filtros -Acompáñame a ese viaje. Solo serán dos días, Samanta. Dos días, tal vez tres. Podemos alejarnos de todo. Del Club Velvet, de Héctor, de VegaCorp, de los secretos, de los callejones y los golpes. Podemos ser solo dos personas escapando de la ciudad.
Samanta se quedó mirando su mano extendida como si fuera un salvavidas en medio de una tormenta, pero el miedo a las represalias.
- No puedo, Mateo. Si Héctor se entera...
- No se va a enterar -la cortó Mateo con seguridad absoluta- Dijiste que te ordenó quedarte en tu casa. Y no es un viaje largo, ni tomaremos aviones. Vamos a ir en coche. En mi coche. Conduciremos hacia el sur, por la costa.
- Pero... mi ropa... mis cosas... -Samanta buscaba excusas prácticas para frenar el impulso que le gritaba que dijera que sí- No puedo volver a mi casa a buscar una maleta ahora. Héctor tiene llaves, podría aparecer en cualquier momento.
Sería un riesgo estúpido.
- No vuelvas -sentenció Mateo, descartando el problema con la facilidad de quien tiene recursos ilimitados- No necesitamos nada de tu apartamento. Cualquier cosa que ocupes, ropa, cepillos de dientes, lo que sea... lo compraremos en el camino. Empezaremos de cero desde el minuto uno.
Mateo se sentó a su lado en el sofá, acortando la distancia física pero sin llegar a tocarla, respetando su espacio pero envolviéndola con su presencia.
- Samanta, mírame. Necesito salir de aquí tanto como tú. Necesito respirar aire puro. Y quiero hacerlo contigo. Solo te pido dos días. Si después de eso quieres volver a tu jaula, te traeré yo mismo. Pero dame la oportunidad de mostrarte que el mundo es mucho más grande que ese escenario.
Samanta miró los ojos oscuros de Mateo. Vio el hematoma, la venda, el labio roto. Él había puesto su cuerpo en riesgo por defenderla de un monstruo. Y ahora le estaba ofreciendo una puerta de escape, no con dinero ni con extorsión, sino con tiempo y compañía.
Sin perder el tiempo, sin mirar atrás hacia la inmensa Torre Vega que dominaba el horizonte de la ciudad, Mateo arrancó el motor. El coche salió a la avenida principal y se incorporó rápidamente a la autopista que llevaba hacia el sur.
Samanta, a su lado, miraba por la ventanilla cómo las siluetas de los edificios daban paso a las zonas industriales y, finalmente, a los contornos oscuros de los árboles que anunciaban el campo abierto.
Lentamente, dejó caer los brazos sobre su regazo.
Giró la cabeza ligeramente para observar el perfil de Mateo. Movida por un impulso deslizó su mano izquierda por la suave tapicería de cuero del asiento, acercándose lentamente hacia la consola central.
Mateo sintió el movimiento. No apartó los ojos de la carretera oscura, pero su respiración se detuvo por una fracción de segundo. Los nudillos de Samanta rozaron levemente el dorso de la mano de Mateo.
Fue un contacto mínimo, apenas un susurro de piel contra piel, pero la electricidad que generó fue suficiente para iluminar el habitáculo más que cualquier neón del Club Velvet.
Él apretó su mano, un agarre firme pero cuidadoso.
No se miraron. No dijeron una sola palabra. La música de la radio llenaba el espacio, pero el verdadero diálogo sucedía allí, en el roce de sus dedos sobre el cuero oscuro.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.