Capítulo 360
CAPÍTULO 274
Mateo, sentado en el sofá de cuero con el teléfono en la mano, intentaba inútilmente comunicarse con su hermana, con Thiago o con Alexander, pero las líneas parecían saturadas o ignoradas en medio del caos.
El reloj de pie del vestíbulo dio un cuarto de hora.
Mateo levantó la vista. Habían pasado casi veinte minutos desde que Samanta fue a buscar el té a la cocina. Aunque la casa era grande, no se tardaba tanto en hervir agua y preparar un par de tazas, especialmente para alguien que, minutos antes, parecía ansiosa por ser útil y regresar a la seguridad de su lado.
- Voy a ver si Samanta necesita ayuda con las tazas -anunció Mateo, poniéndose de pie con cuidado para no tensar las costillas lastimadas- Seguro no encuentra el azúcar o las bandejas.
Lucía asintió vagamente, con la mente puesta en su hija desaparecida.
- Sí, ve, hijo. Yo seguiré intentando comunicarme con tu padre para ver si sus equipos ya cubrieron la salida de la autopista.
Mateo cruzó el largo pasillo en penumbras. Al acercarse a la cocina, notó que no se escuchaba el tintineo de la loza ni el silbido del agua hirviendo.
Solo el zumbido constante y sordo del refrigerador.
Empujó la puerta.
La cocina estaba vacía.
La luz de la encimera estaba encendida. La tetera eléctrica estaba desenchufada, el agua en su interior ya comenzaba a enfriarse, y una caja de té de manzanilla estaba abandonada sobre el mármol, medio abierta.
Pero de Samanta, ni rastro.
-¿Samanta? -llamó Mateo en voz baja, asomándose al lavadero adyacente y luego a la despensa.
No hubo respuesta.
El pánico le golpeó el estómago como un puño de plomo. ¿Habría huido? ¿Habría aprovechado el caos para escapar de la finca, asustada por la magnitud del problema en el que se había metido? O peor aún... ¿Alguien había entrado por ella?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.