Capítulo 362
CAPÍTULO 276
Estaban todos nuevamente reunidos en la finca, a excepción de los abuelos.
- Es increíble. Sencillamente increíble -estalló Thiago, deteniéndose finalmente y señalando a su primo- ¡Todo esto es por tu culpa, Mateo! ¡Tú y tu maldita obsesión por jugar al salvador de damiselas en apuros!
- ¡No me eches la culpa a mí! -gritó Mateo, levantándose de golpe, el dolor de las costillas olvidado ante la furia- Yo no sabía quién era ese hombre. ¡Si ustedes, que llevan el apellido desde la cuna, hubieran hablado claramente del pasado en lugar de esconder los trapos sucios, tal vez lo habría reconocido!
- ¡Nosotros no fuimos los que la metimos en esta casa! -intervino Elisa, con su voz aguda y llena de veneno, levantando una mano enguantada en un gesto acusador- ¡Tú dejaste entrar a esa mujer a nuestras vidas! jA la hija del peor enemigo de la familia! La trajiste a nuestra cena, la sentaste a nuestra mesa y le diste acceso directo a la vulnerabilidad de Sofía. ¡Todo por un capricho de cabaret!
Mateo apretó los puños, la rabia coloreando su rostro magullado. Odiaba que culparan a Samanta; ella era tan víctima de Fernando como lo era la familia de la Vega.
- Samanta no sabía nada de los negocios turbios de ese infeliz, tía Elisa -se defendió Mateo con vehemencia- Ella es una prisionera de él. Y si hablamos de meter enemigos en la familia...
Mateo se giró hacia Thiago, su voz bajando a un tono cargado de sarcasmo venenoso.
- ... no me vengas a dar lecciones de seguridad, Emperador. A su vez, te recuerdo que tu queridísima codirectora Karla no es ninguna santa en este tablero. Ella también está muy involucrada en esto. ¿O vas a negar que el coche en el que secuestraron a Sofía es el mismo que Karla utiliza?
Thiago se tensó, el golpe aterrizando justo en la grieta de su propia culpabilidad y sus celos.
- Karla no tiene nada que ver con Fernando Castillo -gruñó Thiago, defendiendo a su colega, aunque la duda lo carcomía por dentroProbablemente le robaron el coche en el estacionamiento, y las fallas de seguridad son problema del inútil de Vargas.
- ¡Mentira! -replicó Mateo, acercándose a su primo- ¡Tú mismo me dijiste que ella dejó a ese empleado, esteban, como espía dentro de operaciones! ¿Quién crees que está moviendo los hilos desde adentro, Thiago? ¡Tu ceguera por esa mujer nos está costando caro!
- ¡No te atrevas a hablarme de ceguera cuando no pudiste ver que el representante de tu novia era un criminal prófugo! -bramó Thiago, empujando a Mateo por el hombro.
- ¡Basta!
El grito no provino de Lucía, que observaba la escena en silencio, sino de Alexander.
El patriarca, que había estado hablando por teléfono en una esquina de la biblioteca con el Comisario de la Policía de la ciudad, colgó abruptamente y avanzó hacia el centro del salón.


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