Capítulo 376
CAPÍTULO 290
Alexander soltó a Fernando con asco. Se giró de inmediato, ignorando al hombre que tosía en el suelo, y clavó la vista en Lucía. Ella seguía de pie junto al marco de la puerta destruida, temblando visiblemente, con la adrenalina del momento cediendo paso al shock.
Sin pensarlo, Alexander corrió hacia ella y la envolvió en un abrazo tan apretado que casi le sacó el aire. No le importaba quién miraba.
- Dios mío, Lucía... -susurró él, hundiendo el rostro en su cuello, sintiendo el latido desbocado de su corazón resonar contra su propio pecho- Те dije que esperaras. Te dije que no vinieras sola a este infierno. Casi me matas del susto. Escuché todo por el teléfono en el camino. Si le hubiera dado tiempo a disparar, si yo llegaba un segundo más tarde...
- Tenía que hacerlo, Alexander -respondió ella, aferrándose a su espalda con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon, llorando por primera vez en todo el día- Tenía que encontrarlo. Era la única pista real que teníamos.
Alexander le besó la sien repetidas veces.
- Estás a salvo. Estás a salvo -murmuró, intentando convencerse a sí mismo.
La burbuja de alivio duró apenas unos segundos.
- El edificio está vacío -informó Thiago, con la voz rota, pasándose una mano temblorosa por el cabello- Vargas y los policías ya revisaron la zona de la capilla, las habitaciones superiores y los sótanos antiguos. No hay nadie más aquí, tío.
Alexander se separó de Lucía, sintiendo que el estómago se le caía a los pies. Miró a su sobrino y luego a Mateo.
La victoria de haber capturado a Fernando Castillo se volvió instantáneamente amarga y vacía.
Tenían al líder. Tenían al monstruo.
Pero no tenían el premio mayor. No tenían la ubicación de Sofía y Benicio.
La furia volvió a encenderse en los ojos de Alexander. Dejó a Lucía bajo la protección de Mateo y caminó hacia los policías que estaban levantando a Fernando del suelo.
¿Dónde están? -le gritó Alexander a Fernando, agarrándolo de las solapas por encima de las manos de los agentes, sacudiéndolo- ¡Dime dónde los escondiste o me aseguraré personalmente de que no salgas vivo de la celda de detención preventiva!
¡Habla!
Fernando, con la cara ensangrentada por el golpe contra el capó del blindado y las manos esposadas a la espalda, no retrocedió. Miró a Alexander y a Lucía con una sonrisa torcida, manchada de sangre y bilis.
- Se los dije, De la Vega -escupió él, con una malicia triunfante que desafiaba su propia derrota física- Yo era solo la distracción. El cebo para que ustedes vinieran corriendo hacia el sur. Ellos no están aquí. Y nunca los van a encontrar si no me garantizan la inmunidad total y el avión que pedí. El tiempo corre, Alexander.
Thiago sacó su teléfono, activando el altavoz y llamando a Vargas, el jefe de seguridad que estaba coordinando el perímetro.
- Vargas, cancela la búsqueda en los depósitos del norte -ordenó Thiago sin preámbulos- Quiero que despliegues todos los equipos de intercepción hacia la zona sur.
- Señor, es un área inmensa -respondió Vargas por la radio- Necesitamos un radio de búsqueda más específico.
Alexander le arrebató el teléfono a Thiago.
- Vargas, escúchame bien. Revisa las cámaras de tráfico del peaje sur entre las ocho y las nueve de la noche. Busca una furgoneta blanca de logística o cualquier vehículo utilitario sin ventanas. Busca el logo de alguna empresa fantasma. Cruza los datos con las patentes robadas reportadas hoy.
- Entendido, señor. Iniciando algoritmo de búsqueda ahora.
Alexander le devolvió el teléfono a Thiago y miró a su familia.
- Vamos a movernos. No nos vamos a quedar aquí parados. Thiago, Mateo, ustedes vienen conmigo a la camioneta. Tenemos mejor equipo de comunicaciones allí. Lucía... -Alexander la miró con preocupación-. Tú debes volver a la finca.
- No me voy a ir a la finca a tejer mientras mi hija está secuestrada, Alexander -replicó Lucía con fiereza, cruzándose de brazos- Voy con ustedes.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.