Capítulo 378
CAPÍTULO 292
- Tenemos que salir de aquí antes de que decidan volver -dijo Sofía, respirando agitadamente en la penumbra.
- Fácil decirlo, prima. Mis manos no tienen circulación -murmuró Benicio, intentando retorcerse para aflojar la brida de plástico que le cortaba las muñecas- A menos que tengas una navaja suiza escondida en esas botas, estamos complicados.
- Mejor aún -jadeó Sofía, empezando a contorsionarse en el suelo de metal estriadoTengo flexibilidad.
Con un esfuerzo que le arrancó varios quejidos de dolor, Sofía logró pasar las piernas por el aro que formaban sus brazos atados, llevando sus manos desde la espalda hacia el frente. Se quedó un momento de rodillas, recuperando el aliento.
- Acércate, Beni.
Benicio se arrastró hacia ella. Usando sus uñas y la fuerza bruta de la desesperación, Sofía comenzó a forzar la pestaña de seguridad de la brida de plástico de su primo. Le costó varios minutos y dos uñas, pero finalmente, con un crujido sordo, el plástico cedió.
Benicio soltó un grito ahogado al sentir la sangre volver a sus manos.
- M****a, eso duele -susurró él, masajeándose las muñecas marcadas- Mi turno.
Rápidamente, Benicio liberó a Sofía. Ambos se pusieron de pie a medias en el espacio reducido, tanteando las paredes metálicas hasta encontrar las puertas traseras. Sofía empujó la manija interior con todas sus fuerzas, pero no se movió.
- Está bloqueada desde afuera. Probablemente con un pasador.
- Vamos a la cabina -indicó Benicio, acercándose a la rejilla separadora.
Aprovechando que la ventanilla de comunicación entre la zona de carga y la cabina del conductor no tenía seguro, Benicio la deslizó. El espacio era estrecho, pero no tenían otra opción.
Sofía, siendo más delgada, pasó primero, cayendo sobre los asientos de tela sucia. Desbloqueó los seguros manuales y abrió las puertas delanteras.
Salieron del furgón.
- ¿Dónde estamos? -murmuró Benicio, frotándose la contusión de la cabeza mientras miraba la inmensidad negra del bosque.
- No importa. Lejos. -respondió Sofía, tomando el control- Tenemos que movernos ya. No podemos usar el camino de tierra por donde llegamos; entremos al bosque.
- ¿El bosque? De noche. Sin linternas. Sofía, no.
- Camina, Benicio. Antes de que me arrepienta de haberte desatado.
Se adentraron en la maleza, caminando lo más rápido que la oscuridad y el terreno irregular les permitían. El suelo estaba cubierto de raíces, hojas secas y barro, y cada paso crujía peligrosamente.
Sofía guiaba la marcha mientras Benicio la seguía de cerca, tropezando ocasionalmente y murmurando maldiciones en voz baja.
Caminaron durante lo que pareció una hora. El frío comenzaba a calar en sus huesos y el cansancio de las últimas horas pasaba factura. A lo lejos, a través de una apertura en los árboles, Sofía creyó distinguir el destello lejano de los faros de una autopista.
- ¡Allá! -susurró Sofía, deteniéndose y señalando con entusiasmo-¿Ves esas luces? Es una carretera.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.