CAPÍTULO 307
Thiago sintió que el pecho se le inflaba de una esperanza abrumadora, pero también de culpa.
— Karla y yo... no somos nada, Sofía —dijo él, su voz firme y apremiante— Sí, trabajamos juntos. Sí, en alguna vez tuvimos momentos de intimidad de los cuales me arrepentí al instante porque no era ella a quien yo quería tener en mis brazos. Y ella lo sabía. Karla sabía que mi mente siempre estaba aquí, contigo. Por eso intentó alejarte de mí aliándose con ese miserable de Esteban. Ella no quería lastimarte Sofia.
— Lo sé —asintió Sofía— Mateo me contó sus declaraciones en la policía. Y su papel para que nos encuentren. Ella está enamorada de ti.
—Yo no de ella y no supe frenar a tiempo. Fui ciego a sus verdaderas intenciones por pura arrogancia. —Thiago se levantó del sofá y acortó la distancia, sentándose en la mesa de centro, justo frente a las rodillas de Sofía. Estiró las manos y tomó las de ella, que estaban frías y tensas.
— Pero eso se acabó, Sofía. Ella se irá. Esteban está bajo investigación y enfrentará cargos por su participación en la emboscada. Ya no hay muros. Solo quedamos nosotros.
Sofía miró sus manos entrelazadas con las de él. El calor de su piel le enviaba corrientes eléctricas hasta la nuca.
— Lo que hiciste en la pista de arena... en la exhibición —dijo ella, con la voz apenas audible— Luego en ese edificio abandonado ¿Fue por la adrenalina?
Thiago apretó sus manos con suavidad, obligándola a mirarlo a los ojos.
— Fue la única verdad absoluta que he dicho en toda mi vida, Sofía. Cuando te vi caer del caballo... cuando vi el polvo levantarse y pensé que te había perdido... el mundo entero dejó de existir. Los días que estuvieron secuestrados, fueron una tortura. Me di cuenta que si no te tenía a mi lado, si no podía protegerte y amarte abiertamente, nada de lo que yo hubiera construido tendría sentido.
Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas, pero esta vez no eran de frustración, sino de un alivio profundo e inmenso.
— Ese beso no fue para Karla, ni para la prensa, ni para la familia —continuó Thiago, su voz grave, vibrando con una intensidad que le erizó la piel a Sofía— Fue para ti. Fue mi forma torpe y desesperada de gritarte que eres mía. O, mejor dicho, que yo soy tuyo. Siempre lo he sido. Desde que me enseñaste a perder el miedo a los caballos. Desde que me hacías trampa en los juegos de mesa.
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Sofía. Thiago levantó una mano y se la secó con el pulgar, acariciando su rostro con una devoción reverencial.
— He sido un estúpido, Sofi. He perdido años en otro continente y semanas enteras discutiendo contigo, todo por miedo a arruinar a nuestra familia y miedo a que me rechazaras. Pero ya no quiero tener miedo. No quiero perder ni un solo día más.
Sofía sonrió y apoyó su mejilla contra la palma de la mano de él.
— Tardaste mucho en darte cuenta, Thiago de la Vega. Yo te estaba esperando desde hace mucho antes de que te fueras al otro lado del mundo.
Thiago sintió que el corazón le daba un vuelco de pura felicidad. La seguridad de sus palabras era el ancla que había estado buscando toda su vida.
— Lo sé. Y me pasaré el resto de mi vida compensándote por la espera.


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