Capítulo 40
CAPÍTULO 22
La tarde en la Clínica Veterinaria Flores transcurría con una calma inusual, casi sospechosa. No había emergencias, los teléfonos estaban silenciosos y la sala de espera estaba vacía salvo por un hámster que esperaba una revisión de rutina.
Lucía miró el reloj: las tres de la tarde. Se sentía inquieta.
- Vete, Lucía -dijo Luis, apareciendo detrás de ella con dos cafés-. Estás mirando el monitor apagado desde hace veinte y cinco minutos.
- No quiero dejarlos solos -respondió ella, aceptando el vaso de cartón-. Sabes que siempre pasa algo cuando me voy.
- Alina y yo podemos resolverlo todo-aseguró Luis con una sonrisa tranquila-. Hoy es un día muerto. Además, tienes ojeras. Esa vida de la alta sociedad te está quitando el sueño. Vete a descansar a tu mansión. O a pelear con tu marido.
Lo que sea que hagas allá.
Alina asomó la cabeza desde el almacén.
- ¡Vete! Si llega una urgencia te llamamos.
Aprovecha para... no sé, disfrutar de la piscina climatizada o perderte en esos jardines laberínticos.
Lucía sonrió, rendida.
- Está bien. Me voy. Pero mantengan el teléfono encendido.
Se despidió de ellos con un alivio culpable.
- Nos vemos mañana.
Salió a la calle donde Martínez, su chofer y sombra, ya la estaba esperando. El trayecto de vuelta a la Mansión De la Vega fue rápido.
Al cruzar las inmensas rejas de hierro forjado, Lucía notó algo diferente. Normalmente, los jardines delanteros de la mansión eran un paisaje de postal: césped cortado al milímetro, fuentes silenciosas y soledad absoluta. Pero hoy, había movimiento.
A lo lejos vio a dos figuras pequeñas corriendo.
Lucía frunció el ceño. Sabía, por teoría, que en esa casa vivían más personas. Sabía que Rodrigo y Elisa tenían dos hijos varones, pero en los tres días que llevaba allí, jamás los había visto.
- Martinez, me voy a bajar aquií -pidió Lucía cuando estaban a mitad del camino de entrada-.
Caminaré el resto.
- Señora, el sol está fuerte...
- Necesito caminar. Gracias.
Lucía bajó del coche y se adentró en el césped. A medida que se acercaba, las figuras cobraron nitidez. Eran dos niños, Uno tendría unos seis años y el otro quizás cuatro. Vestían ropa de marca impoluta, camisas polo y bermudas beige, que parecían más uniformes de colegio privado que ropa de jugar.
Estaban concentrados manejando dos coches a control remoto de alta velocidad que zumbaban por los senderos de piedra.
Lucía se acercó despacio, no queriendo asustarlos.
Lucía sintió una punzada de tristeza por esos niños. No tenían la culpa de ser peones en el juego de sus padres.
- Tu mamá... a veces se preocupa demasiadorespondió Lucía con diplomacia-. Pero te aseguro que no quiero el dinero de nadie. Yo tengo mi propio trabajo. Soy doctora de animales.
La hostilidad de Thiago vaciló.
-¿Veterinaria?
- Sí. Curo perros, gatos, conejos... -Miró a Benicio-. Y tú, ¿qué quieres ser?
El pequeño se soltó de su hermano y dio un paso al frente, emocionado.
- Yo quiero ser jinete -dijo, señalando sus zapatos que, curiosamente, eran unas botas de cuero pequeñas-. Mi sueño es ser un jinete del viejo oeste. ¡Y tener un caballo negro y rápido!
¡Wow! -Lucía sonrió-. Eso suena increíble.
¿Tienes caballos?
La cara de Benicio se entristeció.
- No. Papá dice que los caballos huelen mal y que ensucian el jardín. Solo tengo estos coches.
Lucía sintió una oleada de indignación hacia Rodrigo. Tenían hectáreas de terreno y millones en el banco, ¿y le negaban a un niño un caballo por "el olor"?
- Bueno, yo no tengo caballos propios ahora - dijo ella-, pero en mi trabajo cuido a varios. A veces voy a las fincas a revisar sus patas y sus dientes.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.