Capítulo 41
- ¿En serio? -Benicio abrió la boca, maravillado -. ¿Y podría ayudarte alguna vez?
Thiago bufó.
- No digas tonterías, Beni. Mamá no te dejará.
- Claro que puedes venir a ayudarme -intervino Lucía, ignorando al hermano mayor-. Solo pediremos permiso a mis... a sus padres. Estoy segura de que si les explicamos que es educativo, dirán que sí.
- Mis padres nunca están -dijo Thiago, con una madurez amarga que no le correspondía a su edad -. Mamá siempre está en el spa o de compras, y papá siempre está "trabajando". No creo que digan que no, porque ni se enterarán.
La frase cayó como una losa. Lucía recordó a sus niños del orfanato. Ellos no tenían padres, pero tenían a Lucía y a Alina. Estos niños tenían padres, vivían en un palacio, y sin embargo, estaban igual de solos en ese jardín inmenso.
- Bueno -dijo Lucía, decidiendo cambiar la energía-. Mientras esperamos para ir a ver caballos reales... ¿esos coches corren rápido?
- Son los más rápidos del mercado -presumió Thiago, olvidándose de que ella era la bruja-.
Alcanzan los 40
kilómetros por hora.
-¿Ah, sí? -Lucía se quitó los zapatos planos y se sentó en la hierba-. No te creo. A ver, hagamos una carrera. Yo apuesto por el coche azul de Benicio.
Poco a poco, la barrera se rompió. Lucía no los trató como príncipes herederos ni los ignoró. Jugó con ellos. Se rio cuando los coches chocaron. Les enseñó cómo hacer rampas con unas piedras del jardín.
- Mi tío Alexander nunca quiere jugar con nosotros -comentó Thiago al cabo de un rato, sentándose junto a ella-. Pensé que su esposa tampoco querría. Él siempre dice: "Niños, silencio" o "No toquen eso".
- Es que Alexander es... muy aburrido -conspiró Lucía con una sonrisa traviesa-. Se le olvidó cómo ser niño hace mucho tiempo. Pero no se preocupen, ustedes no se pierden de nada. Jugar con alguien que tiene cara de estatua no es divertido.
Los niños soltaron una carcajada. La idea de su imponente tío siendo "aburrido" les pareció hilarante.
Estuvieron jugando en el jardín un buen rato, hasta que el sol empezó a bajar y el aire se puso fresco.
Una de las empleadas jóvenes, que hacía las veces de niñera, salió al pórtico y los llamó.
- Jóvenes Thiago y Benicio, es hora de entrar a merendar. Y tienen que hacer la tarea.
Los niños refunfuñaron.
- Vamos -dijo Lucía, poniéndose los zapatos y sacudiéndose el césped del vestido-. Yo entro con ustedes. Tengo hambre también. ¿Hay galletas?
Entraron a la cocina informal de la casa. La empleada les sirvió leche con chocolate y galletas.
Lucía se sentó con ellos en la barra.
-¿Qué tarea tienen? -preguntó.


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Comentarios
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