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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 403

CAPÍTULO 317

Mateo tenía una cita mucho más urgente que cualquier dividendo trimestral. Terminó la asamblea y se fue sin despedirse. Su mente estaba en el auditorio del Teatro Nacional.

Samanta estaba de pie, apoyada contra una pared. Vestía un maillot simple de color burdeos y medias pálidas; el cabello oscuro recogido en un moño perfecto y tirante que resaltaba la delicadeza de su cuello. Su respiración era superficial, sus ojos cerrados en un intento de visualización, y sus dedos jugueteaban nerviosamente con las cintas de sus zapatillas de punta.

— Samanta —la llamó Mateo en un susurro, no queriendo romper su concentración de golpe.

Ella abrió los ojos y se giró. La tensión en sus hombros se disipó visiblemente al verlo. Un suspiro de alivio se le escapó de los labios y una sonrisa genuina, desprovista de las sombras del pasado, iluminó su rostro.

— Llegas a tiempo —saludó Samanta, separándose de la pared y dando un paso hacia él— Pensé que la reunión de accionistas te iba a retener todo el día.

Mateo acortó la distancia y le tomó ambas manos, que estaban frías como el hielo. Las frotó entre las suyas para transmitirle calor.

— Te prometí que estaría aquí, Samanta. Nada en VegaCorp es tan importante como verte triunfar hoy. ¿Cómo te sientes?

— Aterrada —confesó ella con una honestidad brutal, soltando una risa nerviosa— Hay bailarinas aquí que han estado en compañías europeas. Yo... yo vengo de la oscuridad. Siento que el jurado me va a ver y va a saber que no pertenezco a este nivel de perfección. Y el pie... me da miedo que me falle en el último salto.

Mateo le soltó una mano y le acarició la mejilla con el pulgar.

— Tu pie está fuerte, Samanta. Y tú eres más fuerte que cualquiera de las que están aquí calentando. Baila con el alma y no podrán apartar los ojos de ti.

En ese momento, una asistente de producción asomó la cabeza por la puerta doble, sosteniendo una tablilla con un sujetapapeles.

— ¿Samanta? —llamó la mujer, con voz monótona— Eres la siguiente. A posición, por favor.

Samanta tragó saliva. Miró a Mateo, buscando el último anclaje antes de enfrentarse al tribunal artístico.

— Mucha m****a, como dicen en el teatro —le susurró Mateo, besando su frente— Esperaré aquí. Estaré mirando.

Samanta asintió, respiró hondo, cuadró los hombros y atravesó las puertas dobles hacia la luz cegadora del escenario.

Verla bailar era, y siempre sería, una de las cosas que más disfrutaba en la vida. Pero esta vez era diferente. Esta vez no había neones rojos, ni humo de cigarrillo, ni la mirada asquerosa de hombres que creían poder comprarla. Esta vez era arte en su estado más puro.

La música clásica llenó el recinto. Samanta comenzó su rutina. Al principio, Mateo notó la rigidez en sus movimientos, el rastro del miedo escénico que amenazaba con paralizarla. Pero a medida que la música avanzaba, la bailarina que él amaba despertó. Llegó el momento del grand allegro, la serie de grandes saltos que pondrían a prueba su lesión rehabilitada. Mateo contuvo el aliento, apretando los reposabrazos de la butaca.

Samanta tomó impulso y saltó.

Fue hermoso, pero no fue perfecto.

Bajó la vista hacia el resto del elenco, lista para darse la vuelta, cuando su nombre saltó de la página.

Bailarina Solista de Apoyo (Cisnes Mayores) y Coreógrafa Asistente del Segundo Acto: Samanta.

No había conseguido el papel principal.

Pero había sido elegida. Y no sólo como parte del cuerpo de baile, sino como solista de apoyo y, lo que era un reconocimiento aún más profundo a su comprensión musical, como asistente de coreografía.

Samanta se giró lentamente hacia Mateo. Su rostro, que segundos antes reflejaba resignación, estaba iluminado por un asombro radiante y húmedo.

— Me eligieron —susurró ella, como si temiera que decirlo en voz alta rompiera la ilusión— Mateo... no soy la estrella, pero estoy en la compañía. Y me dejaron el puesto de asistente... ¡confían en mi visión!

— ¡Lo sabía! —exclamó él, bajándola y besándola con una euforia que no conocía la diplomacia— Sabía que esos directores tenían buen ojo. Estás dentro, mi amor. Estás de vuelta.

Samanta se aferró a su cuello, riendo a través de las lágrimas. Se dio cuenta, en ese abrazo, de que no necesitaba ser el cisne principal, ni la reina de ningún imperio para ser feliz.

— Estoy feliz —dijo ella, apoyando la frente contra la de él.

Y Mateo… Era feliz de verla feliz a ella.

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