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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 405

CAPÍTULO 319

La noche de la Gran Gala Anual de la Fundación VegaCorp era, sin lugar a dudas, el evento social más importante del calendario de la familia De la Vega.

A diferencia de las celebraciones pasadas esta noche la familia anfitriona se mostraba unida y genuinamente feliz.

En una de las mesas mejor ubicadas, pero ligeramente apartada del centro, Martina observaba el salón con los ojos muy abiertos. No llevaba un vestido de miles de dólares como el resto de las invitadas; lucía un diseño independiente, de líneas limpias y color vino tinto, que le sentaba a la perfección y resaltaba su belleza natural.

— Sigo sintiéndome como si me hubiera colado en la fiesta de fin de año del Olimpo —susurró Martina, inclinándose hacia Benicio para que solo él pudiera escucharla por encima de la música de cuerda— Si alguien me pregunta sobre el mercado de valores, las tasas de interés o la importación de acero, voy a fingir un desmayo, te lo advierto.

Benicio soltó una carcajada limpia y le pasó un brazo por los hombros, atrayéndola hacia sí protectoramente.

— Tranquila. Si alguien te pregunta de acciones, diles que tu única inversión a largo plazo es asegurarte de que el Director Global de Logística no sea atropellado al cruzar la calle por no mirar el semáforo —bromeó Benicio y le besó la sien con ternura— Por cierto, estoy bromeando. Nadie nos va a preguntar por trabajo, estamos en una fiesta. Hoy solo se habla de frivolidades y se bebe champán caro.

Martina sonrió, relajándose un poco contra su costado.

— Más te vale. Porque si veo que te pones en modo corporativo, te abandono aquí mismo y me voy a buscar la mesa de los postres.

— No te atreverías —la desafió él, guiñándole un ojo.

Ella no había aceptado trabajar en VegaCorp. Cuando la oferta formal llegó al departamento de marketing, semanas después de descubrir la verdadera identidad de Benicio en la plaza del edificio, lo pensó seriamente. Pero al final, había decidido rechazarla. No era buena idea mezclar el amor y el trabajo en una familia tan absorbente. Benicio lo había entendido y respetado, admirando aún más su independencia.

A unas cuantas mesas de distancia, el ambiente era un poco más formal, pero igual de cómplice. Thiago y Sofía compartían una mesa con un par de embajadores europeos. La conversación oficial fluía casi en piloto automático. Thiago estaba en su elemento, dominando la charla política con la misma facilidad con la que respiraba

Sofía escuchaba al embajador con una sonrisa cortés que comenzaba a congelarse.

Ella se movió ligeramente, y Thiago giró la cabeza hacia ella al instante, interrumpiendo la conversación diplomática con una sonrisa imperceptible para los demás.

— ¿Te aburres? —le susurró él al oído, tan cerca que el aliento le hizo cosquillas en la nuca.

— Un poco —admitió ella en un susurro, tomando un sorbo de agua— Y si el señor embajador me vuelve a explicar cómo se debe ensillar un caballo de paso con ese tono de sabelotodo, creo que voy a invitarlo a la finca para que lo intente él mismo con Eclipse. A ver si sobrevive a la experiencia de subirse a un caballo de verdad.

Thiago rió por lo bajo, apretando suavemente su pierna bajo la mesa.

—Paciencia. Es parte del trabajo. Hay que sonreírle a los donantes hasta que duela la mandíbula. Pero... cuando termine el postre, te prometo que te secuestro y nos vamos temprano de aquí.

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