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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 410

EPÍLOGO - Sofía y Thiago

Parte II

Thiago le había dicho a Sofía que tenían una "cena protocolar obligatoria" con unos nuevos inversores.

Cuando el coche de Thiago se detuvo, no estaban en un restaurante ni en un lugar conocido.

Sofía miró por la ventanilla, frunciendo el ceño. Frente a ellos se alzaba una imponente casa de estilo colonial moderno. La propiedad era espectacular: amplios ventanales, detalles en piedra natural y, lo más importante, un jardín trasero inmenso que se perdía en la oscuridad, flanqueado por altos árboles que garantizaban privacidad absoluta.

El lugar estaba a oscuras, salvo por la iluminación suave de la entrada.

— Thiago... —Sofía se giró hacia él en el asiento del copiloto— ¿Dónde estamos? Y dudo mucho que tus inversores hagan cenas de negocios a oscuras.

Thiago apagó el motor y le dedicó una sonrisa cargada de misterio.

— Los inversores cancelaron —mintió él sin pestañear— Así que pensé que podíamos explorar una oportunidad inmobiliaria que me ofrecieron esta semana. Ven.

Thiago tomó su mano y la guio hacia el portón lateral que daba al inmenso jardín trasero.

Al cruzar la verja, Sofía se quedó sin aliento.

El jardín no estaba a oscuras. Decenas de faroles de papel y luces cálidas colgaban de las ramas de los robles antiguos, creando un techo de estrellas brillantes a ras de suelo. En el centro del césped inmaculado, un camino de pétalos de rosas rojas llevaba hacia una pequeña pérgola de madera iluminada con velas, donde aguardaba una mesa dispuesta para dos.

Sofía apretó la mano de Thiago, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.

— Thiago... —susurró ella, abarcando la escena con la mirada— ¿Qué es todo esto?

Él la guio por el camino de pétalos, caminando despacio para que ella pudiera asimilarlo todo.

— ¿Compraste esta casa?

— La compré para nosotros —confirmó Thiago, acariciando su mejilla— Tiene espacio para que corras, jardines para que tengamos un par de perros, y un cobertizo en el fondo que puede albergar a dos caballos cómodamente si decides traer a Eclipse de visita. Y está a sólo treinta minutos de la torre y a cuarenta de la finca de tus padres. Es nuestro territorio neutral.

Sofía soltó una risa nerviosa y feliz, llevándose las manos a la boca.

— Estás loco. Absolutamente loco.

— Loco por ti. Desde hace más tiempo del que quiero admitir. —Thiago dio un paso atrás, soltándole la mano, y el aire en el jardín pareció detenerse.

Sofía pensó que estaban ellos dos solos en el mundo. El silencio era sagrado.

Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una caja de terciopelo.

No era el anillo de promesa sencillo. Era una pieza con un gran diamante.

— Sofía —dijo Thiago, mirándola desde abajo, sus ojos oscuros llenos de una vulnerabilidad y un amor que solo ella tenía el privilegio de ver— Me enseñaste que el control es una ilusión, y que la única certeza que quiero en mi vida es tenerte a mi lado. Ya te di mi corazón. Ahora te doy mi vida entera. ¿Te quieres casar conmigo?

Sofía no lo dudó ni un milisegundo. Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras asentía frenéticamente.

— ¡Felicidades, hermanita! —gritó Mateo, llegando a la pérgola y dándole un abrazo de oso a Sofía, levantándola del suelo.

— ¡Al fin! —celebró Benicio, chocando los cinco con Thiago— Hermano, si ella te decía que no, te íbamos a dejar durmiendo en el pasto.

Lucía llegó hasta ellos y abrazó a su hija con fuerza, con los ojos húmedos.

— Felicidades, mi amor. Es hermoso —dijo Lucía, mirando el anillo deslumbrante en la mano de Sofía, y luego miró a Thiago— Hiciste un buen trabajo.

Alexander se acercó a Thiago y le tendió la mano. Cuando Thiago la tomó, el patriarca lo atrajo hacia un abrazo fuerte, un abrazo de padre a hijo.

— Bienvenido a la familia, oficialmente —le dijo Alexander al oído.

Sofía, riendo y limpiándose las lágrimas de felicidad, se giró hacia Thiago y le dio un golpe juguetón en el hombro.

— Eres un tramposo. Me hiciste creer que estábamos solos.

Thiago le pasó un brazo por la cintura, atrayéndola de nuevo hacia su pecho, besando su sien mientras los fuegos artificiales seguían iluminando el jardín y la familia los rodeaba con bromas y abrazos.

— Un Emperador no conquista un imperio en secreto, Sofía. Necesitaba testigos para asegurarme de que no te echaras para atrás y huyeras en tu caballo.

Sofía lo miró, y rodeando su cuello con los brazos, lo besó nuevamente bajo la lluvia de chispas doradas y las risas de su familia.

— No pienso huir a ningún lado, Thiago de la Vega. Ya estoy en casa.

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