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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 412

CAPÍTULO 1

Augusto De la Vega estaba recostado entre almohadones de pluma a la espera de noticias. A su lado estaba Matilde. Sostenía la mano de su esposo entre las suyas, acariciando el dorso con la devoción de quien ha amado a alguien durante más de medio siglo.

El silencio de la casa ya no era un silencio de tensión o secretos, sino uno de paz profunda. El bullicio ocasional que llegaba desde la planta baja, cortesía de las voces de Alexander, Lucía y las risas lejanas de la nueva generación que ahora habitaba la mansión con regularidad, era música para los oídos del anciano.

Matilde levantó la vista de sus manos entrelazadas y sonrió.

— Deberías ver cómo está el jardín hoy, Augusto. Es una vista hermosa.

Augusto soltó un suspiro débil, girando la cabeza para mirarla con adoración.

— La vista más hermosa que he tenido en toda mi vida siempre ha estado dentro de esta habitación, Matilde. El jardín puede esperar.

La anciana se sonrojó levemente, un gesto juvenil que los años nunca lograron borrar.

— Siempre con tus halagos, viejo zorro.

— Es la verdad. —Augusto apretó los dedos de su esposa débilmente— Y la otra vista hermosa es ver cómo está esta casa. Escuchar a Alexander riendo de verdad... Ver a Rodrigo y Elisa trabajando sin intentar robar el barco. Me hace feliz, Matilde. Me voy a ir sabiendo que la familia volvió a estar junta, y que el apellido sobrevivirá a nuestras propias miserias.

— No hables de irte todavía, Augusto —lo reprendió Matilde suavemente, aunque con una tristeza comprensiva— Aún nos quedan cosas por celebrar. De hecho, Lucía me llamó hace una hora.

Augusto alzó las cejas, interesado.

—¿Lucía? ¿Quiere recuperar el puesto de presidencia?

Matilde soltó una carcajada cristalina.

— No, nada de eso. Llamó desde el juzgado. Acaban de salir. Me dijo que el juez ha firmado la sentencia definitiva.

El patriarca contuvo el aliento, comprendiendo al instante.

— ¿Entonces...?

— Sí, Augusto —confirmó Matilde, con los ojos brillando de lágrimas de alegría— Sofía y Mateo ya son formalmente parte de la familia. La adopción plena está cerrada. Alexander firmó con su nombre, como padre. Y los niños... ya llevan el apellido de la Vega en los papeles, igual que en el corazón de todos nosotros.

Augusto cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás sobre la almohada. Una lágrima silenciosa escapó de su ojo derecho y se perdió entre las arrugas de su sien.

— Al fin —susurró Augusto, con la voz quebrada por la emoción— Al fin ese muchacho testarudo de Alexander entendió lo que realmente importa. No hay nada más importante que la familia.

Augusto frunció el ceño levemente. A pesar del tono cálido del momento, su mente siempre alerta buscó qué error del pasado aún le pesaba a la mujer de su vida.

— ¿De qué? —quiso saber Augusto, su voz teñida de una sincera preocupación y arrepentimiento anticipado— Dime de qué te arrepientes, Matilde. ¿Qué hice mal que aún no te he compensado?

Matilde acarició el rostro de su esposo. Trazó con el pulgar la línea de su mandíbula, recordando el rostro firme y desafiante del hombre joven que una vez la miró desafiando al destino.

Su sonrisa se ensanchó, iluminando su rostro con una belleza serena y eterna.

— Me arrepiento de no haberte encontrado antes, Augusto de la Vega —confesó ella, y su voz fue un susurro lleno de amor incondicional— Me hubiera gustado tener más tiempo. Me hubiera gustado amarte desde el primer día que pisé esta tierra.

Augusto sintió que el nudo en su garganta le impedía hablar.

— Ay, Matilde... —murmuró él, atrayendo su mano para besarle la palma con profunda reverencia— Tú siempre fuiste la mejor inversión de mi vida. Y el tiempo... el tiempo no importa cuando la eternidad está a tu lado.

Se quedaron así, en la quietud de la habitación, disfrutando del calor del sol poniente y de la paz ganada a pulso.

Y mientras el sol se escondía lentamente tras el horizonte, la mente de Augusto vagó hacia el pasado. No hacia la creación de la empresa, ni hacia los conflictos de sus hijos, sino hacia el inicio de todo.

Hacia el olor a mar, a un puerto ruidoso y a una joven de ojos chispeantes que le creyó cuando no tenía nada en los bolsillos.

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