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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 413

CAPITULO 2

Augusto de la Vega sentía que la bandeja de plata que sostenía pesaba más que todo el mármol del edificio. Vestido con el uniforme blanco y negro de los camareros de servicio, se mantenía en la periferia del salón de baile, con la mirada fija en el estrado principal. A su lado, Carlos le dio un codazo discreto, notando la tensión en los hombros de su amigo.

—Contrólate, Augusto —le susurró Carlos, apenas moviendo los labios— Vinimos por el dinero. Si nos echan ahora, no sobreviviremos la primera noche en esta ciudad.

Augusto no respondió. No podía. Sus ojos estaban clavados en la mujer que permanecía de pie junto a Enrique Saldívar. Ella llevaba un vestido de encaje que parecía tejido con hilos de luna, pero lo que le desgarró el alma fue el gesto que siguió. Enrique tomó la mano de la joven y, con una sonrisa de absoluta posesividad, deslizó un diamante de dimensiones obscenas en su dedo anular.

El salón estalló en aplausos. Augusto sintió que el mundo se desmoronaba. Esa mujer no era la Leticia humilde que había conocido en la playa y con la que había compartido tres días de magia absoluta en un rincón olvidado del mundo. Esa era Matilde Valente, la heredera del imperio que él odiaba y deseaba a la vez.

Augusto dio un paso adelante, su rostro una máscara de furia contenida, pero Carlos lo sujetó del brazo con fuerza.

—Ni se te ocurra, Augusto. Ella no es para ti. Mírala. Ella eligió su mundo. Vámonos de aquí antes de que cometas una locura de la que no haya retorno.

Pero Matilde, como si hubiera sentido el peso de una mirada entre la multitud de sirvientes, palideció. Se llevó una mano al pecho y, tras murmurar algo al oído de su prometido, se dio la vuelta y caminó con paso rápido hacia los balcones que daban a los jardines traseros. Necesitaba aire. Necesitaba escapar de la asfixia de aquel anillo.

Augusto no lo dudó. Dejó la bandeja sobre una mesa lateral e ignorando las advertencias de Carlos, se deslizó entre las sombras para llegar a ella.

El balcón estaba sumido en una penumbra azulada. Matilde estaba apoyada en la barandilla de piedra, con los hombros temblando sutilmente.

—Con que no te llamas Leticia, sino Matilde —dijo él, su voz surgiendo de la oscuridad como un trueno bajo.

Ella se giró bruscamente, soltando un pequeño grito ahogado. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer el rostro del hombre que habitaba sus sueños más prohibidos.

—Augusto… ¿qué haces aquí? —susurró ella, y no pudo evitarlo: una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

Augusto dio un paso hacia ella, ignorando la distancia social que los separaba, ignorando su uniforme de mesero.

—Esta es la razón de tu huida, ¿verdad? —dijo él, señalando con la barbilla el diamante que centelleaba en su mano— Me mentiste, Matilde. Me ocultaste tu nombre, tu vida, tu compromiso de oro.

Matilde negó con la cabeza, sollozando.

—Te dije que no te enamoraras de mí, Augusto. Te lo advertí cada noche que pasamos juntos. No es posible. Lo que compartimos… esos días fueron magia, lo sé, pero son solo sueños. El despertar es este. Esta es mi realidad.

—¿Tu realidad es venderte a un hombre que te mira como si fueras un activo de su banco? —Augusto la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo— No puede ser un sueño. Lo que sentí cuando me besaste no fue una fantasía.

—¡Basta! —suplicó ella— Es mejor que te vayas. Olvida mi nombre, olvida mi rostro. Pronto seré la esposa de otro y tú… tú no puedes luchar contra esto.

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