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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 414

CAPÍTULO 3

Tres años pueden ser una eternidad o un parpadeo, dependiendo de cuánta sangre se esté dispuesto a derramar para alcanzar la cima.

El coche negro de lujo, un modelo extranjero que rugía con una potencia desconocida en aquellas calles empedradas, se detuvo frente a la imponente fachada de la Banca Saldívar. Augusto bajó del vehículo y se ajustó la chaqueta de su traje a medida.

Miró hacia arriba, hacia el escudo de armas de los Saldívar tallado en piedra sobre la entrada. Una sonrisa amarga curvó sus labios.

«Me pediste que te esperara, Matilde», pensó, sintiendo un pinchazo de odio en el centro del pecho. «Pero en cuanto el hambre apretó y las promesas de un muerto de hambre se desvanecieron, elegiste el camino fácil. Elegiste el oro de Enrique».

Él estaba convencido de que ella lo había traicionado. Los escasos periódicos que le llegaban al extranjero hablaban de la eterna unión de las fortunas Valente y Saldívar. En su mente, Matilde ya era la señora de la casa, la mujer de Enrique, la traidora que no supo aguardar a que él construyera el imperio que ahora traía bajo el brazo.

Entró en el banco con pasos que resonaban con autoridad.

— Diga al señor Enrique Saldívar que el señor De la Vega está aquí para la cita —le dijo a la recepcionista. Su voz era ahora un barítono profundo, educado en los negocios más duros, carente de cualquier rastro de la humildad del pasado.

— En seguida, señor. Si gusta esperar en la sala de juntas...

Augusto se dio la vuelta para observar el salón, y fue entonces cuando lo vio.

Don Rodolfo Valente salía de uno de los despachos privados, gesticulando con impaciencia. Se veía un poco más viejo, con el cabello más canoso, pero mantenía esa expresión de arrogancia que Augusto recordaba perfectamente de la noche en que lo pateó en el balcón. Rodolfo se detuvo al ver al extraño que dominaba el centro de la estancia. Sus ojos se entrecerraron, evaluando el reloj de oro y el corte impecable del traje de Augusto.

Rodolfo no reconoció al camarero que una vez humilló. Para él, el hombre frente a sus ojos era un magnate, un igual, o quizás alguien incluso superior.

— Buenos días —dijo Rodolfo, acercándose con una sonrisa ensayada, la misma que usaba para atraer a nuevos inversores— No he tenido el placer de conocerlo. Soy Rodolfo Valente, de Navieras Valente.

Augusto sintió un torrente de adrenalina. El hombre que lo llamó "basura" ahora le tendía la mano con servilismo. Augusto la tomó, apretándola con una firmeza que hizo que Rodolfo parpadeara.

— Augusto de la Vega —respondió, saboreando cada sílaba de su apellido— He oído mucho sobre sus empresas, señor Valente. Y sobre su familia.

Rodolfo, encantado por lo que creía que era un nuevo contacto de alto nivel, no notó el veneno en las palabras del joven.

— ¡Ah, de la Vega! El inversor del que Enrique me ha hablado. Dicen que ha hecho milagros en el extranjero con las nuevas rutas comerciales. Es un honor. ¿Está aquí para cerrar el trato con la Banca Saldívar?

— Estoy aquí para muchas cosas, señor Valente —dijo Augusto, soltando su mano con una lentitud deliberada— La ciudad ha cambiado mucho en tres años.

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