CAPÍTULO 10
Enrique Saldívar, mientras tanto, había llevado a Matilde hacia el rincón más alejado de la estancia, cerca de los grandes ventanales que daban al jardín oscuro. Su aliento todavía olía a la ginebra que había tomado para armarse de valor, y su mano apretaba el brazo de Matilde con una familiaridad que a ella le resultaba repulsiva.
— Parece que le gustaste a ese inversor que tu padre conoció —dijo Enrique, con una sonrisa de medio lado que no llegaba a sus ojos— No ha dejado de mirarte desde que entramos, Matilde.
— ¿De qué hablas, Enrique? —respondió ella, tratando de mantener la voz nivelada mientras su corazón martilleaba contra sus costillas— Es un socio de negocios, nada más.
— Pues esfuérzate, mujer —insistió Enrique, ignorando su tono— Necesitamos que firme ese contrato de las navieras antes de que termine la semana. Mi banco no puede sostener más las pérdidas de tu padre sin ese flujo de capital.
Matilde lo miró con horror.
— ¿Qué me estás pidiendo, Enrique? ¿Acaso sugieres que use mis... para cerrar un negocio? Soy tu prometida.
Enrique soltó una risa seca y despectiva.
— Que te esfuerces, Matilde. Sé que eres mi prometida, y eso no va a cambiar... al menos que hayas decidido finalmente dejar esa estúpida carrera tuya de arte y casarte conmigo de una vez. Pero hasta que eso pase, tu única utilidad es esta: ser la cara hermosa de los Valente. Solo te estoy diciendo que atiendas al hombre como corresponde. Sé encantadora, sé sugestiva si es necesario. Un hombre como de la Vega solo entiende de conquistas.
Matilde sintió que el asco la sobrepasaba.
— Eres despreciable, Enrique.
— Soy realista —respondió él, ajustándose la pajarita— Tu padre está en la ruina, y yo soy el único que mantiene el techo sobre tu cabeza. Así que esta noche, vas a sentarte a esa mesa y vas a hacer que Augusto de la Vega se sienta el hombre más importante del mundo. ¿Entendido?
Sin esperar respuesta, Enrique la guio hacia la mesa.
El silencio de la cena
Finalmente, todos se sentaron. Augusto estaba sentado directamente frente a Matilde. A su lado, Elena Duval reía de algo que Rodolfo decía, mientras Enrique presidía la mesa con una falsa seguridad.
La cena comenzó con una sopa servida en porcelana fina, pero nadie parecía tener apetito. El sonido de las cucharas de plata chocando contra los platos era lo único que llenaba los silencios incómodos.
Matilde miró a Augusto, y en ese instante, supo que la cena era solo el comienzo de un banquete donde ella era el plato principal. Augusto creía que ella se había vendido a Enrique, y él estaba allí no para rescatarla, sino para demostrarle que ahora él era el mejor postor.
Bajo la mesa, Matilde apretó sus manos, sintiendo el frío del diamante de Enrique. Miró a Augusto, desafiándolo con la mirada, queriendo gritarle que seguía siendo suya.
«Sigo siendo tuya, Augusto», pensó con desesperación, esperando que el grito mudo de su alma cruzara la mesa. «Sigo siendo la mujer de la playa. No hubo altar, no hubo "sí, quiero". Te he estado esperando a ti, solo a ti, estirando este compromiso hasta que se ha convertido en mi propia soga».
Pero el Augusto que tenía enfrente no buscaba la verdad; buscaba confirmar su dolor. Él le devolvió una mirada de un desprecio tan puro que Matilde sintió un escalofrío. En los ojos de él no había rastro del joven que le prometió las estrellas; solo había un juez implacable que ya la había condenado sin escuchar su defensa.
— La verdad —dijo Augusto, bajando la copa con una lentitud deliberada— es a menudo el artículo más caro de esta sala, señorita Valente. Algunos se pasan la vida ocultándola, sin saber que, al final, siempre hay alguien dispuesto a pagar para que salga a la luz.
Matilde no bajó la vista. Si él quería jugar a los negocios con su corazón, ella le demostraría que tres años de espera la habían vuelto tan dura como los diamantes que él tanto despreciaba.
— Entonces espero que tenga suficiente capital, señor De la Vega —respondió Matilde, su voz sonando clara y firme por primera vez en toda la noche— Porque el precio de mi verdad es algo que ni siquiera un imperio como el suyo podría cubrir.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.