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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 422

CAPÍTULO 11

Carlos lo esperaba sentado cerca de la ventana, con una botella de coñac a medio empezar. Al ver entrar a su amigo, Carlos no necesitó preguntar cómo había ido la cena; el silencio gélido de Augusto hablaba más que cualquier descripción.

— Te ves como si acabaras de salir de una trinchera y no de un comedor aristocrático —comentó Carlos, sirviendo una copa y deslizándola por la superficie de madera hacia Augusto— ¿Tan amarga estuvo la sopa ?

Augusto tomó la copa de un trago, sintiendo el calor del alcohol golpeando su estómago vacío.

— Todo en esa casa es una farsa, Carlos. La cubertería, las sonrisas, el linaje... todo está podrido por debajo.

Carlos se inclinó hacia adelante, su expresión volviéndose profesional.

— Hablemos de lo que nos interesa. ¿Viste los números? ¿Realmente les darás el dinero que ocupan para que las navieras no se hundan?

Augusto soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor.

— Lo que Rodolfo Valente necesita para salir a flote es una fortuna enorme, Carlos. Una cantidad que ni siquiera él es capaz de cuantificar correctamente. Cree que un préstamo puente lo salvará, pero sus barcos son fantasmas y su administración es un colador de deudas.

— Entonces, ¿no invertirás? —preguntó Carlos, confundido.

— Oh, voy a invertir —respondió Augusto, girándose con una mirada de una intensidad depredadora— Pero no les daré lo suficiente para que respiren. Les daré lo justo para que no se ahoguen todavía. Quiero tenerlos comiendo de mi mano, Carlos. Quiero que cada vez que necesiten pagar una nómina o reparar un muelle, tengan que venir a esta suite a pedirme permiso. No voy a rescatar a las Navieras Valente; voy a devorarlas pieza por pieza.

Carlos asintió, anotando algo mentalmente.

— ¿Y Saldívar? El banco parece sólido desde fuera.

— Esa es la mayor mentira de todas —Augusto caminó de regreso a la mesa y señaló los informes— Enrique Saldívar es un jugador, tanto en las mesas de casino como en los libros contables. El banco de los Saldívar está en serios problemas. Han respaldado demasiadas inversiones de riesgo de la familia Valente y ahora, con la crisis comercial, sus reservas están bajo mínimos. Enrique está desesperado.

— No me hables más de ella —susurró con una voz quebrado por la rabia— Ella eligió su bando hace años. Si vive fuera de la ciudad es para huir de la culpa, o quizás porque Enrique prefiere tenerla lejos para seguir con sus amantes. No me importa. Para mí, Matilde Valente es solo la hija de mi deudor y la mujer de mi enemigo. Nada más.

— Como quieras —dijo Carlos, recogiendo sus cosas— Me centraré en el banco de Saldívar.

Augusto no respondió. Se quedó solo en el centro de la suite, rodeado de un lujo que de repente se sentía frío y estéril. Caminó hacia el escritorio y vio una invitación para una gala en la Facultad de Bellas Artes que Enrique le había entregado al salir de la cena.

“Es el refugio de Matilde”, le había dicho Enrique con un tono condescendiente. “Tal vez así logre convencerla de que el mundo real es más interesante que sus libros”.

Augusto tomó la invitación y la apretó entre sus manos hasta que el papel se arrugó. Pensó en lo que Carlos había dicho: que ella pasaba meses fuera, estudiando. En su mente distorsionada por el rencor, Augusto solo veía esto como otra forma de hipocresía: la rica heredera que jugaba a ser intelectual mientras el dinero de su marido pagaba sus óleos y sus estancias.

— Crees que puedes tenerlo todo, Matilde —susurró al silencio de la habitación—

Lanzó la invitación arrugada a la papelera, pero sus ojos permanecieron fijos en ella.

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