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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 423

CAPÍTULO 12

El Gran Casino no era un lugar que Augusto de la Vega frecuentara por placer. Para él, el sonido de la bola rodando en la ruleta o el crujir de las cartas sobre el tapete verde no representaba emoción, sino una falta de control intolerable. Sin embargo en esta ciudad, las paredes acolchadas de terciopelo y el humo denso de los puros habanos eran el escenario donde se fraguaban las alianzas y se sellaban las ruinas. Si quería destruir a sus enemigos, debía observarlos en su hábitat natural: el vicio del juego.

Augusto caminaba al lado de Carlos por el salón principal. Vestía un esmoquin negro muy elegante, caminaba tenso. Carlos, por el contrario, se movía con una soltura que le permitía captar cada murmullo, cada mirada furtiva.

— No entiendo cómo puedes soportar este aire viciado noche tras noche —murmuró Augusto, observando con desdén a un hombre que lloraba en silencio tras perder su reloj de oro en una mesa lateral.

— Aquí la gente no miente, Augusto —respondió Carlos, saludando con la cabeza a un conocido— En las oficinas se visten elegantes y usan palabras técnicas; aquí se usa la desesperación. Es el lugar ideal para ver las verdaderas caras.

Augusto detuvo su paso cerca de una mesa. Sus ojos se fijaron en una figura solitaria que apostaba con cautela en una mesa de límites medios. Era Rodolfo Valente. El hombre se veía encogido, con los hombros cargados y la vista fija en sus cartas como si en ellas pudiera leer el futuro de sus barcos.

— Mira a Rodolfo Valente en esa mesa —dijo Augusto, con una nota de sorpresa en la voz— Está solo. Y no parece estar disfrutando.

Carlos observó a Rodolfo y luego recordó unos comentarios que escucho en el hotel días atrás.

— El señor Valente no tiene la adicción a los juegos como su yerno, Augusto. Eso es lo curioso. Rodolfo no está aquí para quemar dinero por placer; está aquí buscando un milagro que no llega. Sus pérdidas no son por las cartas, sino por su incapacidad para adaptarse. Es un mal inversionista, un hombre que se quedó atrapado en el pasado. No es un degenerado, solo es un hombre quebrado que no sabe cómo dejar de hundirse.

Augusto asintió lentamente. Sentía una punzada de desprecio mezclada con una extraña justicia. El hombre que lo había pateado por no ser "nadie" ahora era un espectro que buscaba migajas en un casino.

— ¿Y el otro? —preguntó Augusto, buscando con la mirada la figura chillona de Enrique Saldívar.

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