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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 424

CAPÍTULO 13

Enrique Saldívar lanzó un fajo de billetes al centro de la mesa, provocando un murmullo de asombro entre los presentes. A su lado, una joven rubia reía mientras le servía más champaña. Enrique se sentía el rey de la ciudad.

Uno de sus compañeros de mesa, un hombre gordo y rubicundo llamado Ortega, que conocía bien los entresijos de la sociedad, se inclinó hacia él mientras barajaba las cartas.

— Dime, Enrique —dijo Ortega con una sonrisa maliciosa— ¿no te molesta que tu futuro suegro te vea aquí, rodeado de tantas mujeres y quemando el efectivo de esa manera? Rodolfo está a tres mesas de aquí y parece que está rezando un rosario sobre sus fichas.

Enrique soltó una carcajada burlona, bebiendo un trago largo de su copa.

— Rodolfo es un hombre de otra época, Ortega. Ese hombre valora demasiado la familia y las apariencias. Es casi ridículo. No se le ha conocido ninguna infidelidad a su esposa Leticia en treinta años. Vive por y para su apellido, aunque ese apellido ya no valga ni el papel en el que está impreso.

— Pues es un ejemplo de virtud que tú no pareces seguir —comentó otro jugador, señalando a la mujer que acariciaba el cuello de Enrique.

— La virtud es para los que no tienen imaginación —replicó Enrique, guiñando un ojo— Además, mi prometida no cumple con su deber. Ni siquiera está en la ciudad la mayor parte del tiempo. Se la pasa en esa universidad de arte, fingiendo que es una intelectual. Mientras ella juegue a ser la "mujer perfecta", yo tengo derecho a buscar mis distracciones. Ya estoy cansado de financiar los negocios de su padre y de esperar a que ella se decida a subir al altar. Matilde es un adorno caro, pero un adorno al fin y al cabo.

Ortega repartió las cartas, mirando de reojo hacia la entrada, donde Augusto de la Vega seguía observando desde las sombras.

— Hablando de financiar... ese nuevo hombre que llegó a la ciudad, de la Vega —dijo Ortega en voz baja— Dicen que tiene un capital ilimitado, pero que sus métodos son... agresivos. No es de fiar, Enrique. Hay algo en él que me da mala espina. No parece un inversor común; parece un cazador.

Enrique miró hacia donde estaba Augusto, pero este ya se había movido hacia el bar. Enrique soltó una risa llena de soberbia, sintiéndose protegido por su propia ignorancia.

— ¿de la Vega? Es solo un hombre con dinero y ganas de hacerse un nombre en esta ciudad. Mientras le dé el dinero a mi suegro para que Rodolfo pueda pagarme las deudas personales que tiene conmigo, no es asunto mío —repitió Enrique con una risa burlona— Es más, me conviene. Que ese magnate asuma los riesgos de las navieras mientras yo me quedo con los activos del banco. De la Vega es el tonto útil que necesitaba esta familia para no terminar en la calle.

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